La castidad en el Doctor Angélico

Por León de Manresa. Christus Imperat. Dominus Est. 29 de junio 2018.

 

Uno de los títulos del Aquinate fue el de “Doctor Angelicus”, título que le fue dado por ser un amante de la virtud que asemeja al hombre con los ángeles. La castidad.

            De los episodios más famosos de su vida, se narra la historia del secuestro sufrido de sus hermanos a fin de obstaculizar su vocación religiosa. Secuestro con el que ellos pretendían salvar el prestigio de la noble familia toda vez que en aquellos tiempos los dominicos eran una orden mal vista por los ricos al haberse constituido como una orden mendicante. En su relato explica Tocco que los hermanos de Santo Tomás que vigilaban todos los caminos que llevaban a Bolonia:

“Encontraron a Tomás con cuatro frailes descansando al borde de una fuente. Se abalanzaron sobre él,no como hermanos, sino como enemigos, intentando arrancarle el hábito por la fuerza. Tomás se agarró tan fuertemente a él, de manera que fue imposible quitárselo. Vestido con el hábito lo llevaron a su madre”.[1]

 

            Raptado por sus hermanos –Aimone, Reginaldo, que más adelante fue ejecutado por el emperador, y Landolfo-, en mayo de 1244, Tomás quedó preso primero en el castillo de su familia de Montesangiovanni. Despues, en la tercera semana, fue conducido a Roccasecca, lugar donde aguardaba su madre para persuadirle que dejara la Orden.

            Sus hermanos eran hombres entregados al mundo y a las armas, jóvenes con sueños de caballeria y de gloria como muchos jóvenes italianos de esa época. No es de esperar que también conocieran muchas mujeres con las que compartieran los excesos a los que se entrega uno en la juventud. Una noche, le introdujeron a la habitación donde dormía una joven cortesana. Mujer de mala reputación y amiga de los militares. Esto lo hicieron como su máximo intento por desviar su vocación. En el acto, al ver fray Tomás a esta mujer llegarse a su habitación, rápidamente, sin decir una palabra, tomando un tizón de fuego que ardía en la chimenea, la expulsó de la habitación. Amenazándola con lanzárselo si se aproximaba. Con el mismo madero trazó el signo de la cruz en la puerta y se arrodilló delante de ella. Imploró a Dios, con muchas lágrimas en los ojos, conservar siempre íntegra la castidad.

 

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            “Hasta el final de su vida Tomás mantuvo el incidente en secreto, excepto para fray Reginaldo de Piperno, su socio y confidente, a quien le habló del asunto humildemente”.[2]

 

Pureza en las intenciones

 

            Santo Tomás señala en la Suma Teológica que la palabra “castidad” tiene su origen en la palabra “castigo”. Con esto se apunta, que los deseos sexuales deben someterse a lo razonable y lo justo. Debe gobernar la razón.

 

“La palabra “castidad” indica que el deseo desordenado es “castigado” mediante la razón, porque hay que dominarlo igual que a un niño, según nos dice Aristóteles en su Ética (III. Lect. 12,5). Como lo esencial de la virtud humana consiste en ser regulada por la razón, queda claro que la castidad es una virtud”.[3]

 

            La castidad tiene distintas versiones. Encontramos la castidad debida en el matrimonio, la castidad conyugal. Tenemos también la castidad virginal, la cual encuentra su cimiente en un motivo sobrenatural, como la vida contemplativa, es una virtud especial más perfecta que la castidad.

            En el “Tratado de la Templanza”, de la Suma, explica el Aquinate que:

            “El deseo desordenado del placer se asemeja mucho a un niño, en cuanto que nos es connatural la tendencia a lo deleitable al tacto, cuyo fin es la conservación de la naturaleza. De ahí que, si el deseo desordenado se alimenta con el deseo de los objetos deleitables por el hecho de consentir en ellos, aumentará en gran proporción, como el niño que se deja a su capricho. Por eso, el deseo de estos objetos deleitables ha de ser castigado con máximo rigor. Y de ahí que la castidad se preocupe principalmente de estos objetos”.[4]

 

            El vicio opuesto a la castidad es la lujuria, que impide la rectitud de los deseos.  Es propio de la lujuria incumplir el orden y moderación que la razón exige en los actos sexuales. Es pecado, porque:

            “Cuanto más necesaria es una cosa, tanto más necesario es guardar en ella el orden de la razón y, por consiguiente,más pecado habrá en la trasgresión de dicho orden en ella. El acto sexual es muy necesario para el bien común, que consiste en la conservación del género humano. Por eso debe guardarse de manera especial, en esta materia, el orden de la razón y, consiguientemente, si se hace algo en contra de lo que la razón ordena, será vicioso”.[5]

 

            Es así pues que la palabra castidad no significa abstención de la vida sexual, sino, practicarla en su correcto orden y modo. El acto sexual es un bien en el legítimo matrimonio y según sus fines. El Aquinate dice que así como el uso de la comida, debidamente moderado, puede tenerse sin pecado alguno, puede también existir acto sexual en que no haya pecado, ajustándose al debido orden y fin de la generación.[6]

            San Agustín reprochaba a los maniqueos por su rígidez en cuanto al matrimonio, pues esta secta gnóstica lo reprobaba y condenaba. Ellos decían que el matrimonio sólo servía para atar de nuevo a un alma a otro cuerpo. Es así que ellos rechazaran el primordial fin del matrimonio que es la prole. Obviamente, no todos los seguidores de esta secta podían cumplir con esta doctrina puesto que se acabaría. Era así que se dividía en dos grupos, unos eran los auditores y otros eran los santos. Sólo los santos cumplían con estas degeneraciones maniqueas en las que se prohibía el matrimonio por no seguir con la prole. Al segundo grupo se le permitía el matrimonio. Sin embargo ellos instruían a sus fieles para el uso del acto conyugal en el período agnésico de la mujer, que ya era, por tanto conocido en ese tiempo.

 

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El gran santo de Hipona les decía:

            “…el matrimonio según las leyes nupciales, es la unión de un hombre y de una mujer con el fin de engendrar hijos; y a cualquiera que le parezca mayor crimen la generación por unión, y por esto mismo prohíbe las nupcias, hace de la mujer, mas bien que esposa, una prostituta, que por regalos se entrega al hombre para la satisfacción de su concupiscencia.

 

ALLÍ DONDE LA MUJER ES ESPOSA, ALLÍ HAY MATRIMONIO; PERO NO HAY MATRIMONIO DONDE SE IMPIDE LA MATERNIDAD; ALLÍ NO HAY ESPOSA…”[7]

 

            La sexualidad en sí misma es buena. Era natural y buena antes del pecado original:

            “Lo que es natural en el hombre ni se le añade ni se le retira por el pecado. Es evidente que el engendrar por unión sexual es propio de la naturaleza animal del hombre, como lo es de los demás animales perfectos. Esto lo dejan al descubierto los miembros naturales destinados para tal efecto, que no hay que porque afirmar que no tuviesen su función propia antes del pecado, como la tenían los demás miembros”.[8]

 

            Y continúa siendo natural y buena, pero ya conllevando el mal del deseo desordenado, efecto del pecado original. Con el mal del pecado, la sexualidad no ha quedado corrompida, no ha cambiado su naturaleza, pero ha sido herida porque se ha desordenado respecto de su sujeción a la razón y en cuanto a su ordenación al bien.

            Todos nuestros sentidos disfrutaban de un alcance mucho mayor en el Paraíso que el que tenemos aquí en la tierra. Con gran audacia, santo Tomás afirma incluso la bondad del deleite sensible propio del acto generador. Llega a decir inclusive que sin el pecado, hubiera sido más intenso.

“Los animales carecen de razón. Y el hombre en el coito se compara a los animales en que no puede moderar el deleite del acto ni el impulso de la concupiscencia. Pero en el estado de inocencia no habría nada que no estuviese moderado según la recta razón, lo cual no quiere decir, como afirman algunos, que no hubiese deleite sensible, pues la intensidad de éste es tanto mayor cuanto lo es la condición natural y la sensibilidad corporal; sino que el apetito no produciría de un modo tan desordenado el deleite. Esto estaría regulado por la razón, la cual no lo disminuye, pero sí impide que el deleite esté sólo a merced de un inmoderado apetito. Entiendo por inmoderado lo que se escapa al control de la razón. Ejemplo: El sobrio no percibe un deleite menor que el goloso al comer moderadamente; pero su concupiscencia no se detiene en este deleite. Esto es lo que indican las palabras de Agustín, quien no excluye los placeres en el estado de inocencia, pero sí el ardor de la sensualidad y el desasosiego de ánimo. Por eso la continencia en el estado de inocencia no sería virtud, pues, si ahora se la alaba, no es como abstinencia, sino como liberación de una libido desordenada. Pero entonces la fecundación se hacía sin libido”.[9]

 

 

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La virginidad es una virtud más perfecta que la castidad. La virginidad es muy excelente en el género de la castidad, puesto que está por encima de la castidad de los viudos y de los casados. Hay unos que la condenan y reprueban alegando que la virginidad es algo que va en contra del ser humano, algo que atenta contra lo más íntimo y natural en él. Estos en el fondo, alegan de este modo puesto que han visto a la virginidad como algo inalcanzable para ellos, algo que su egoísmo no les deja contemplar, mucho menos tolerar y buscan la manera de atacarla. A estos, el Aquinate responde:

“El precepto es algo que obliga, como dijimos antes (q.44 a.1q.100 a.5 ad 1q.122 a.1). Una cosa puede ser obligatoria de dos modos. En primer lugar, porque manda que se cumpla, en cuyo caso no puede omitirse sin pecado. En segundo lugar, puede darse un precepto que debe cumplir la mayoría, sin que esté obligado a cumplirlo un determinado miembro de ésta, puesto que hay muchas cosas necesarias para la mayoría y para cuyo cumplimiento no basta uno solo, sino que las cumple la mayoría cuando uno hace una cosa, otro otra. El precepto de ley natural sobre la comida, dado al hombre, tiene que ser cumplido por cada uno de ellos, porque de lo contrario no podría conservarse el individuo. Pero el precepto referente a la generación contempla a los hombres como un todo, e incluye no sólo la multiplicación corporal, sino el progreso espiritual. Por ello basta, para salvar la naturaleza humana, con que algunos practiquen la generación, mientras que otros, al abstenerse de ella y dedicarse a la contemplación de las cosas divinas, contribuyen a la belleza y salvación del género humano. Esto mismo sucede en el ejército, donde unos vigilan el campamento, otros llevan los estandartes, otros luchan con la espada. Todos estos actos debe realizarlos el colectivo, pero no puede hacerlos un hombre solo”.[10]

 

 

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La virginidad está conexionada con la contemplación de Dios. Por consiguiente, con las virtudes teologales –fe, esperanza y caridad-. Con la fe, porque la fe es el primer principio de la purificación del corazón. Con la esperanza, ya que, en su aspecto negativo, se advierte que la impureza lleva a la desesperación. Y con la caridad, que es el origen de la virginidad y también su fin, el alcanzar la unión amorosa con Dios, que implica la contemplación. La virginidad es por y para el amor de Dios. Nota sin embargo, santo Tomás que:

“…la virginidad no es la más excelente de las virtudes. En efecto, el fin siempre está por encima de los medios, y tanto mejor es una cosa cuanto más eficazmente se ordena al fin. Ahora bien: el fin que hace loable la virginidad es el dedicarse a las cosas divinas, como ya dijimos. Por ello, las mismas virtudes teológicas y la virtud de la religión, cuyo acto consiste en ocuparse de las cosas divinas, son más excelentes que la virginidad”.[11]

Las virtudes que disponen a cumplir los deberes para con Dios, que se reducen a las tres virtudes teologales, que tienen por objeto a Dios como principio y fin del hombre, y a la virtud de la religión, que tiene por objeto el culto de Dios, son superiores a todas las demás virtudes, incluyendo la virginidad. La virtud de la virginidad, sin embargo, es más excelente que el matrimonio. Es una doctrina tradicional de la Iglesia, afirmada expresamente por el apostol San Pablo. Santo Tomás da una razón teológica con un triple argumento.

“En primer lugar, porque el bien divino es mejor que el humano. En segundo lugar, porque el bien del alma es más excelente que el del cuerpo. En tercer lugar, porque el bien de la vida contemplativa es más excelente que el de la activa. Ahora bien: la virginidad se ordena al bien del alma en la vida contemplativa, que consiste en pensar en las cosas de Dios, mientras que el matrimonio se ordena al bien del cuerpo, que es la multiplicación del género humano, y pertenece a la vida activa, puesto que el hombre y la mujer casados tienen que pensar en las cosas del mundo, tal como dice el Apóstol en 1 Cor 7,33-34. Por consiguiente, sin lugar a duda, la virginidad es mejor que la continencia conyugal”.[12]

Como lo que constituye formalmente la virtud de la virginidad es el propósito firme e inquebrantable, y, por tanto, perpetuo de abstenerse por motivos sobrenaturales de los actos conyugales, su pérdida, por quien la ha ratificado con un voto religioso, debe ser considerada como pecado.

 

“La virginidad, como virtud que es, lleva consigo la voluntad, confirmada con un voto, de conservar siempre la integridad, ya que según San Agustín, en su obra De Virginit., mediante la virginidad se dedica, se consagra y se guarda para Dios la integridad de la carne. Por consiguiente, la virginidad como virtud sólo se pierde por el pecado”.[13]

 

León de Manresa
Por Christus Imperat para Dominus Est.

*permitida su reproducción mencionando a DominusEstBlog.wordpress.com

 

 

[1] GUILLERMO DE TOCCO, Hystoria beati Thomae de Aquino, o.c., 38-39

[2] BERNARKDO GUIDONIS, Legenda sancti Thomae Aquinatis, en A. Ferrua OP, S. Thomae Aquinatis fontes praecipuae.

[3] STh. II-II q.151 a.1 in c.

[4] Idem a.2 in c.

[5] Idem., q.153 a.3 in c.

[6] Idem., a.2 in c.

[7] SAN AGUSTÍN, De mor. Eccl. II 18 65.

[8] STh. I q.98 a.2 in c.

[9] Idem ad 3

[10] Idem q. 152 a. 2 ad 1.

[11] Idem a.5 in c.

[12] Idem a.4 in c.

[13] Idem a.3 ad 4.

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