Porqué debemos tener a San José como modelo esta Cuaresma

Al igual que el padre putativo de Cristo, podemos sacar fuerzas del Señor si nos negamos a los placeres mundanos.

 

Por Michael Warren Davis. Catholic Herald. 22 de marzo de 2020.

 

Los católicos sabemos que el 19 de marzo es la fiesta de San José. Pocos, tal vez, están enterados de que todo el mes de marzo está dedicado al Castísimo Corazón.

Esto parece un poco extraño, ¿verdad? Marzo está dominado por el ayuno de la Cuaresma, que en sí mismo es una preparación para la Pascua. Según la tradición, el padre putativo de Nuestro Señor no alcanzó a vivir para ver su ministerio público. De hecho, era necesario que San José pasara de esta vida antes de que Cristo pudiera revelarse. Solo entonces Jesús se convertiría en jefe de la Casa real de David – tanto Dios como Rey por derecho de nacimiento.

Pero, ¿qué tiene esto que ver con la Cuaresma? La respuesta es esta: San José fue el primer místico cristiano. Él es ejemplo de la vida oculta, la vida interior: lo que más agrada a Dios, y que estamos llamados a imitar durante el ayuno.

 

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En su clásico espiritual de 1931, La verdad sobre San José, el P. Maurice Meschler hace esta observación:

“Los profetas, los Apóstoles y los mártires proclamaron la divinidad de Jesús y fueron recompensados con gloria y distinción. La vocación de San José, mientras vivió, fue mantener oculta esta divinidad. Era la sombra del Padre celestial, no solo en el sentido de que era el representante visible del Padre eterno con respecto a Jesús, sino que, bajo el pretexto de una paternidad natural, ocultaba la divinidad del Hijo”.

“De acuerdo entonces con su vocación, San José es en esencia una sombra que, como una sombra ordinaria que pasa silenciosamente sobre la tierra y cubre todo lo que encuentra, oculta a su Hijo, Jesús, e incluso oculta las maravillas de su esposa, María, su virginidad y maternidad divina. El santo se arroja en alma y corazón a esta vocación única de colocar el manto de la oscuridad sobre todo, y no niega esta vocación durante toda su vida, ni siquiera con una sola palabra”.

 

San José escondió al Dios encarnado en su casita en el pueblo de Nazaret sobre un paso elevado. Para sus amigos y vecinos, la Sagrada Familia era feliz pero no extraordinaria. La joven y bella esposa de José era amable y obediente, y su hijo era amable por naturaleza y muy trabajador. Veían a José y a Jesús en su taller de carpintería mientras su padre les enseñaba su oficio, preparándolo para la vida nada excepcional de un judío de clase trabajadora viviendo en los márgenes del Imperio Romano.

Pero en su casa, sentado a la cabecera de la mesa – frotándose las manos llenas de callos, sacudiendo aserrín de su túnica – San José pasaba horas viendo a Nuestra Señora criar al Niño Jesús, bañarlo, y cantarle para dormir. Tomaría los pequeños pies del Bebé entre sus manos ásperas y fuertes, y besaría los dedos de sus pies, como hacen los padres: esos pies que, solo unas pocas décadas más tarde, tendrían las sagradas heridas que redimen a la humanidad.

 

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Siendo un hombre pobre, habría días en que José saldría sin comer para asegurarse de que su hijo tuviera suficiente para comer. Llevaría sus sandalias con listones para que su esposa pudiera vestirse con dignidad y modestia. Como todos los padres y esposos, se esforzó por darle a su familia un buen hogar; en la fiel ejecución de estos simples deberes, se convirtió en uno de los grandes protagonistas de la epopeya de nuestra salvación.

 

Nuestro Señor y Nuestra Señora fueron el tesoro secreto de San José. Por su devoción y amor abnegado, se le permitió pasar sus años de vida adorando a Cristo y a su Virgen Madre en la paz de su propio hogar, y por el trabajo de su simple oficio. Su pobreza y oscuridad le trajeron mayor alegría que todas las riquezas de Herodes, y más poder que todas las legiones de César.

 

Éstos permanecieron cerca de él, uniendo su Castísimo Corazón al Sagrado Corazón de Jesús y al Corazón Inmaculado de María. Se encontró con el final más feliz para cualquier hombre: morir literalmente en Sus brazos, con la promesa de que volverían a unirse muy pronto.

 

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Es por esto que los místicos siempre han encontrado en San José un espíritu afín. Santa Teresa de Ávila escribió en su autobiografía: “Y tomé por abogado y señor al glorioso San José y me encomendé mucho a él”. Ella encontró en él a un maestro espiritual que guió su corazón hacia una mayor devoción, y su mente hacia una mayor disciplina:

Nunca he sabido de alguien que le fuera realmente devoto y le prestara servicios particulares, que no avanzara notablemente en la virtud, ya que brinda una ayuda muy real a las almas que se le encomiendan. Desde hace algunos años, creo, cada año le he pedido algo en su fiesta y siempre lo he recibido. Si mi petición está de alguna manera mal dirigida, él la dirige correctamente para mi mayor bien.

 

“No me acuerdo hasta ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer”. Santa Teresa de Jesús.

 

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En este inicio de Cuaresma, tomemos a San José como nuestro modelo a seguir para la Cuaresma. Al negarnos a los placeres mundanos, podemos aprender a sacar de Cristo y Su Madre nuestro gozo y fortaleza. Leyendo las Escrituras, podemos acercarnos más a la persona de Nuestro Señor. Al rezar los Misterios Dolorosos todos los días, podemos compartir el dolor de Su Madre en Viernes Santo. Muriendo a nosotros en sus brazos, podemos despertar en la Pascua al pie del trono celestial, festejando con los santos y cantando Aleluya con los ángeles.

 

San José, ora pro nobis. De tu sombra, la luz del mundo.

 

[Traducción de Dominus Est. Artículo original]

*permitida su reproducción mencionando a dominusestblog.wordpress.com

 

 

Leer también:

SAN JOSÉ, FIGURA DE DIOS PADRE

 

 

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