‘No hay unidad sin la Cruz’: Arzobispo Salvatore Cordileone

El poder de la belleza de nuestra bendita Madre, Santa María de Guadalupe, un gran ejemplo de evangelización perfectamente inculturada para unir a todos los hijos de Dios.

Homilía del Arzobispo Salvatore Cordileone para la Misa Pontifical celebrada en el Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción en Washington, D.C., el 16 de noviembre de 2019.

 

Para algunos puede parecer casi hipocresía el hablar del cuidado de los pobres en medio de esta elaborada liturgia que tiene lugar en una casa de adoración con tanto ornato.

La ausencia de belleza y la prevalencia de lo feo, eventualmente corrompe un alma, conduciendo a una miseria espiritual.

Hace mucho y muy lejos, ella estaba parada al pie de la Cruz mientras su Hijo ofrecía su vida para lograr la mayor reconciliación de todas: la humanidad pecadora con su Creador. Ella modeló lo que su Hijo enseñó: que no hay unidad sin la Cruz.

 

 

Homilía del Arzobispo Salvatore Cordileone para la Misa Pontifical celebrada en el Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción en Washington, D.C., el 16 de noviembre de 2019.

 

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Por el Arzobispo Salvatore Cordileone. Dominus Est. 18 de noviembre de 2019.

 

Introducción

En la Iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén, directamente sobre el mismo lugar donde se levantaba la Cruz de Nuestro Señor, justo donde nuestro Salvador murió por nuestra salvación, hay un altar griego. Justo al lado se alza un altar latino. Entre los dos altares cuelga un icono de la Madre de Dios. Justo en ese punto de encuentro, donde se encontraba hace 2.000 años al pie de la Cruz, ahora se encuentra uniendo Oriente y Occidente, griego y latín. Ella es nuestra Madre, a quien todos veneramos, y quiere que nosotros, sus hijos, los discípulos de su Hijo, seamos uno. Y ella continúa intercediendo por nosotros por esta intención, para que se pueda cumplir el deseo de muerte de su Hijo: “a fin de que todos sean uno, como Tú, Padre, en Mí y Yo en Ti, a fin de que también ellos sean en nosotros” (Jn 17, 21).

 

Ver vídeo de la Misa Pontifical celebrada por el Arzobispo Cordileone.

Homilía a partir del minuto 49:10

 

Madre de Unidad

Esta misa que celebramos hoy, la “Misa de las Américas”, habla profundamente del poder de nuestra Madre para unir a sus hijos. Ella está allí en cada generación de la Iglesia, intercediendo ante su Hijo por sus hijos, llevándolos hacia Él activamente, unidos como uno en Él. De manera activa: ha aparecido en todos los rincones de la tierra a lo largo de la historia, especialmente en momentos turbulentos y amenazantes de la historia, presentándose a sus hijos para amonestar y consolar, para exhortar y revelar, para llamar a la oración y a la penitencia, para que todos sus hijos puedan ser conducidos más profundamente al corazón de su Hijo, para que “sean uno”.

La historia de la aparición de nuestra Madre Inmaculada en nuestro continente en 1531 a un hombre indígena pobre, iletrado y devoto llamado Juan Diego es bien conocida para nosotros, al igual que la historia de las conversiones masivas a su Hijo después de su aparición allí en el Tepeyac. Apareció en un momento de gran conflicto, turbulencia y derramamiento de sangre, para formar un nuevo pueblo cristiano para su Hijo, no por la espada ni por el sacrificio humano, sino por el amor de una madre que se identifica con sus hijos. Y así es que los aztecas vieron en la imagen de la mujer en la tilma de Juan Diego a una de las suyas: vestía una capa de turquesa, un honor reservado a los dioses aztecas y a la familia real azteca, y la llevan en brazos, otra señal de honor otorgado a la familia gobernante del Imperio Azteca. Pero ella es más que una princesa: las estrellas decoran su manto; ella es más prominente que el sol; y está de pie sobre la luna creciente. Su cabeza está inclinada y sus manos cruzadas en humilde súplica – exaltada, aunque está más allá de todos, adora a uno más poderoso que ella misma. Usa una banda oscura de maternidad, lo que indica que lleva un hijo en su vientre. Su broche es una cruz. Esta ilustre pero humilde mujer es la Madre del Hijo de Dios, “la sierva del Señor”, cuyo ser entero proclama la grandeza del único Dios verdadero.

Pero los españoles también aceptaron la apariencia de esta mujer como aquella que conocían como la Madre del Hijo del Dios al que adoraban, porque vieron en ella una imagen de la Inmaculada Concepción: vieron en esta imagen la mujer en el Libro del Génesis que aplasta la cabeza de la serpiente – es decir, después de la caída de nuestros primeros padres, Dios prometió que el descendiente de Eva aplastaría al Maligno para que este no se aferrara al pueblo de Dios. Pero también vieron en esta imagen a la mujer en el último libro de la Biblia, el Libro del Apocalipsis, la mujer vestida con el sol, con la luna bajo sus pies y sobre su cabeza una corona de doce estrellas, y hallándose encinta a punto del alumbramiento (Apocalipsis 12, 1-2). Así, los españoles vieron en esta imagen a la Señora que veneraban como la Inmaculada Concepción, un dogma que sus teólogos habían defendido y que sus artistas habían representado con una belleza conmovedora durante siglos antes de que el Papa Pío IX así lo declarara en 1854. Después del acontecimiento en el Tepeyac, México se hizo católico: Nuestra Señora de Guadalupe une el Viejo y el Nuevo Mundo, y así se forma un nuevo pueblo cristiano a partir de los dos, un pueblo mestizo; nace una nueva civilización cristiana de la unión traída por ella, que es venerada como la Morenita y la Inmaculada.

Esto es lo que movió al Papa Benedicto XIV 200 años antes de la proclamación del Dogma cuando le fue presentada mediante una copia de la tilma para exclamar lo que dice el verso del Salmo 147[,20]: “No hizo nada semejante con ninguna otra nación”, ‘Non fecit taliter omni nationi’, exclamó. Nunca Dios se había revelado a sí mismo a través de su Madre para ganar un nuevo pueblo cristiano para sí. [vídeo “Misa de las Américas”, min. 55, n.d.t.]

 

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“No hizo nada semejante con ninguna otra nación”, ‘Non fecit taliter omni nationi’.

 

La importancia de este evento histórico sin paralelo, en especial para nuestra parte del mundo – las Américas – no se perdió para el Papa San Juan Pablo II. En su exhortación apostólica Ecclesia in America (n. 11), escribe:

La aparición de María al indio Juan Diego en la colina del Tepeyac, el año 1531, tuvo una repercusión decisiva para la evangelización. Este influjo va más allá de los confines de la nación mexicana, alcanzando todo el Continente. Y América, que históricamente ha sido y es crisol de pueblos, ha reconocido « en el rostro mestizo de la Virgen del Tepeyac, en Santa María de Guadalupe, un gran ejemplo de evangelización perfectamente inculturada».

 

Madre de la Iglesia

Esto habla de otro aspecto del misterio de nuestra Santísima Madre marcado por la celebración de hoy. En estas últimas décadas de la Iglesia, se ha centrado más la atención en Nuestra Señora como imagen o icono de la Iglesia. Las enseñanzas del Concilio Ecuménico Vaticano II arrojaron mucha luz sobre esta idea, que destacó la enseñanza de San Ambrosio sobre este tema. El Concilio dice en su Constitución dogmática sobre la Iglesia (nn. 63-64):

Como ya enseñó San Ambrosio, la Madre de Dios es tipo de la Iglesia en el orden de la fe, de la caridad y de la unión perfecta con Cristo… La Iglesia, contemplando su profunda santidad e imitando su caridad y cumpliendo fielmente la voluntad del Padre, se hace también madre mediante la palabra de Dios aceptada con fidelidad, pues por la predicación y el bautismo engendra a una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por obra del Espíritu Santo y nacidos de Dios. Y es igualmente virgen, que guarda pura e íntegramente la fe prometida al Esposo, y a imitación de la Madre de su Señor, por la virtud del Espíritu Santo, conserva virginalmente una fe íntegra, una esperanza sólida y una caridad sincera.

La Iglesia es nuestra madre: una madre acoge, nutre, consuela y une. ¿A dónde se dirigen los recién llegados a una tierra extraña cuando se sienten desorientados, asustados o no bienvenidos? Se dirigen a la Iglesia. En especial para los católicos, la Iglesia es el hogar, donde sea que se encuentren en el mundo. Y aquellos que son pobres o sufren de alguna manera, o durante un período traumático de crisis, incluso si rara vez se ensombrece la puerta de alguna iglesia, cuando llegue el momento de buscar alivio, acudirán a la Iglesia, sabiendo que la gente allí no los rechazará, sino que los socorrerá en su necesidad.

Para algunos puede parecer casi hipocresía el hablar del cuidado de los pobres en medio de esta elaborada liturgia que tiene lugar en una casa de adoración con tanto ornato. Por supuesto, lo que viene a la mente de inmediato es la historia de la misteriosa mujer con el frasco de alabastro de aceite perfumado, quien, en un acto de extravagancia extrema, derrama el ungüento exorbitantemente costoso sobre la cabeza de Jesús en un gesto de unción. Sabemos cómo va la historia: a los detractores que se quejan de un desperdicio tan grande, cuando el óleo podría haberse vendido y el dinero ser entregado a los pobres, Jesús responde: “A los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a Mí no me tenéis siempre”.

 

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Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción en Washington, D.C., el 16 de noviembre de 2019.

 

Pero viniendo de San Francisco como yo, otro ejemplo más reciente y local me viene a la mente. Esto fue a principios de la década de 1970, pocos meses después de la dedicación de la nueva Catedral de Santa María, cuando nada menos que Dorothy Day[1] fue allí para participar en una reunión realizada en el centro de conferencias debajo de la iglesia. No es de sorprender (especialmente en ese momento de la historia) que uno de esos detractores hablara, quejándose de que su reunión para discutir las necesidades de los pobres estuviera teniendo lugar en un edificio tan extravagante. Muchos lo vitorearon, pero Dorothy Day no fue una de ellas. Quien de manera directa dijo:

 La Iglesia tiene la obligación de alimentar a los pobres, y no podemos gastar todo nuestro dinero en edificaciones. Sin embargo, hay muchos tipos de hambre. Hay hambre de pan y debemos alimentar a la gente. Pero también hay hambre de belleza – y hay muy pocos lugares hermosos en los que los pobres puedan entrar. Aquí hay un lugar de belleza trascendente, y es tan accesible para las personas sin hogar en el barrio pobre de Tenderloin como para el alcalde de San Francisco.

 

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Verdad, Belleza y Bondad

Debemos hacer muchas cosas para servir a los pobres, y ciertamente atender sus necesidades materiales es una de ellas. Pero como señala la Sierva de Dios Dorothy Day, también debemos alimentar sus almas. Quizás de lo que más carecen los pobres en sus vidas es la belleza: ser dignificados por esa belleza que ennoblece y eleva el alma, asegurándoles su igual dignidad como hijos de Dios a quienes Dios creó a su imagen y semejanza. No es una exageración, entonces, decir que lo que hacemos hoy es un servicio a los pobres. Como diría Dorothy Day, la persona más pobre en las calles de la capital de nuestra nación tiene acceso a esta magnífica iglesia construida para la gloria de Dios, tiene acceso a la música profundamente hermosa, tiene acceso a la belleza del ritual.

Sin embargo, hay otro sentido de lo que hacemos hoy como un servicio a los pobres, ya que hay muchos tipos de pobreza. La pobreza económica solo es una. También hay pobreza espiritual, una pobreza del alma.

La ausencia de belleza y la prevalencia de lo feo, eventualmente corrompe un alma, conduciendo a una miseria espiritual.

 

Esto es indicativo de una enfermedad espiritual que afecta a nuestra sociedad actual, cuyos signos están a nuestro alrededor: ira, intolerancia irracional hacia aquellos con diferentes puntos de vista, depredación sobre aquellos en un diferencial de poder desfavorecido, una epidemia de depresión. Vivimos en la sociedad más rica de la historia del mundo, y ¿cuál es el resultado? Ira, división, injusticia y depresión.

La Iglesia en su sabiduría, siempre ha entendido que la verdad, la belleza y la bondad son necesarias para reparar una sociedad quebrantada y construir una civilización floreciente. Estos, de hecho, son los tres pilares sobre los cuales la Iglesia construyó la civilización occidental y que le ha dado mucho al mundo. La bondad por sí sola no funcionará, porque sin verdad, en el mejor de los casos, solo aliviará los síntomas del sufrimiento, pero no llegará a las causas profundas; tampoco la verdad sola fincionará, ya que la verdad debe traducirse en acciones concretas y expresarse a través del poder de la belleza.

Los tres son necesarios, porque la persona humana es un todo integral: la bondad alimenta el cuerpo, la verdad alimenta la mente y la belleza alimenta el alma. Quizás es el servicio de belleza que más falta hace en el mundo de hoy, lo que explica el malestar espiritual en el que nos encontramos. En verdad, no podemos hacer nada mejor que dedicarnos al servicio de la belleza, reclamando su poder para sanar y unirnos.

 

Conclusión

Estamos felices de unirnos hoy para ofrecer algo hermoso a Dios y expresar nuestro amor por la Madre de su Hijo: damos lo mejor de nosotros, porque estamos motivados por el amor, que no se conforma con nada menos. Y aquí, nuestra Santísima Madre, nos está uniendo una vez más: Los pobres con los ricos y aquellos en medio de ambos, de todas las naciones, razas, personas y lenguas.

 

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Arzobispo Cordileone conmovido durante el canto del Salve Regina

 

Hace mucho y muy lejos, ella estaba parada al pie de la Cruz mientras su Hijo ofrecía su vida para lograr la mayor reconciliación de todas: la humanidad pecadora con su Creador. Ella modeló lo que su Hijo enseñó: que no hay unidad sin la Cruz. Para quienes ven con los ojos de la fe, la belleza se ve muy diferente: se ve humilde, abnegada, otra, centrada en el otro. Esta es toda hermosa, porque refleja la belleza de su Creador, su Hijo y su Esposo. Ella es el modelo de la humildad que necesitamos para cumplir el último deseo de su Hijo,

“a fin de que todos sean uno, como Tú, Padre, en Mí y Yo en Ti, a fin de que también ellos sean en nosotros” (Jn 17, 21).

 

En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo,

Amén

 

+ Arzobispo Salvatore Cordileone

 

Traducción por Dominus Est.

*permitida su reproducción mencionando a DominusEstBlog.wordpress.com

 

 

[1] Dorothy Day, “La radical piadosa”, (Brooklyn, Nueva York, 8 de noviembre de 1897–Nueva York, Nueva York, 29 de noviembre de 1980), fue una periodista de Estados Unidos, activista social, oblata benedictina, anarquista cristiana, y miembro devoto de la Iglesia Católica. Es conocida gracias a sus campañas por la justicia social, en defensa de los pobres. Junto con Peter Maurin, fundó el Movimiento del Trabajador Católico en 1933.

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