He aquí nuestra Reina, siempre bendita, somos tus vasallos prontos a obedecerte

«Esta es la Madre de nuestro rey y nuestra reina, la bendita entre todas las mujeres, la llena de gracia, la santa entre los santos, la amada de Dios, la inmaculada, la paloma, la más bella de todas las criaturas».

 

Por Guy Fawkeslein. Dominus Est21 de agosto de 2019.

La Asunción, el Signo de los Pueblos (I)

 

El pasado 15 de agosto toda la Iglesia católica y la ortodoxa celebrábamos el tránsito de la Virgen María, en cuerpo y alma, a los cielos. La fiesta de la Asunción de María. Corría el año 1950 cuando el primero de noviembre, su santidad Pío XII pronunciaba ante una abigarrada multitud congregada en la plaza de san Pedro y que abarrotaba dicho lugar y las calles adyacentes, la fórmula canónica con la que se proclamaba para alabanza y gloria de Dios y exaltación de la fe católica, el dogma, tan deseado, de la Asunción de María, en cuerpo y alma a los cielos. Estas eran sus palabras: «Por tanto, después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces e invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para acreditar la gloria de esta misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, por la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y por la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma revelado por Dios, que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste».

 

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Qué emoción y alegría sintieron aquellos católicos que escucharon estas palabras aquel día inolvidable. Desde el s. VI había corrido como la pólvora esta verdad de fe, entonces creencia piadosa, entre la piedad afectiva del pueblo de Dios. La literatura apócrifa, que no por eso maldita, nos había regalado bellas descripciones de cómo pudo haber sido aquel prodigio de la gracia. El Pseudo José de Arimatea cuenta: «Llegado el domingo, y a la hora de tercia, bajó Cristo acompañado de multitud de ángeles, de la misma manera que había descendido el Espíritu Santo sobre los apóstoles en una nube, y recibió el alma de su madre querida. Y mientras los ángeles entonaban el pasaje aquel del Cantar de los Cantares en que dice el Señor “como el lirio entre espinas, así mi amiga entre las hijas” sobrevino tal resplandor y un perfume tan suave, que todos los circunstantes cayeron sobre sus rostros (de la misma manera que cayeron los apóstoles cuando Cristo se transfiguró en su presencia en el Tabor), y durante hora y media ninguno fue capaz de incorporarse. Pero a la vez que el resplandor empezó a retirarse, dio comienzo la asunción al cielo del alma de la bienaventurada Virgen María entre salmodias, himnos y los ecos del Cantar de los Cantares. Y cuando la nube comenzó a elevarse, la tierra entera sufrió un estremecimiento, y en un instante todos los habitantes de Jerusalén pudieron apercibirse claramente de la muerte de Santa María. […]Después los apóstoles depositaron el cadáver en el sepulcro con toda clase de honores y rompieron a llorar y a cantar, por lo excesivo del amor y de la dulzura. De pronto se vieron circundados por una luz celestial y cayeron postrados en tierra, mientras el santo cadáver era llevado al cielo en manos de ángeles» (XI-XII-XVI).

 

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Ciertamente estas narraciones tienen poco valor histórico y doctrinal para los católicos. No son vinculantes. Pero responden a un sentir amoroso del Pueblo de Dios que no se conforma con un final vulgar de la Virgen sino que sabe que la Madre de Dios debió ver culminada su vida de manera apoteósica. Ya en el s. V se registra una tradición en el valle de Josafat (monte de los Olivos) donde desde hacía siglos los cristianos se reunían para celebrar la dormición de la Virgen y cómo fue llevada al cielo por voluntad y disposición de su Hijo y cuya muestra ofrecemos en el texto antes citado.

Imposible es de imaginar el momento triunfante en que nuestra Señora entra en el cielo, en que se abren las antiguas compuertas para que entre la Reina y Señora de la gloria. San Alfonso de Ligorio, en su segunda parte de las “Glorias de María”, al comentar la fiesta de la Asunción, nos describe profusamente este acontecimiento. Una licencia de la piedad y de la imaginación que puede sernos muy útil de cara a este octavario de la solemnidad hasta la fiesta de Santa María, Virgen Reina del 22 de agosto.

Comienzan los ángeles diciendo: «Esta es la Madre de nuestro rey y nuestra reina, la bendita entre todas las mujeres, la llena de gracia, la santa entre los santos, la amada de Dios, la inmaculada, la paloma, la más bella de todas las criaturas». Y los espíritus bienaventurados afirman: «Señora y reina nuestra, tú eres la gloria del paraíso, la alegría de nuestra patria, tú eres el honor de todos nosotros; seas siempre bienaventurada, siempre bendita; he aquí nuestra reina; todos nosotros somos tus vasallos prontos a obedecerte».

Los mártires le agradecen: «porque con su constancia en los dolores de la pasión de su Hijo les había enseñado y conseguido con sus méritos la fortaleza para dar la vida por la fe». Las vírgenes reconocen: «Nosotras, beatísima señora, somos reinas aquí; pero tú eres nuestra reina porque has sido la primera en darnos el gran ejemplo de consagrar a Dios nuestra virginidad; todas nosotras te bendecimos y agradecemos». Santiago apóstol, que había muerto en la persecución de Herodes quiere: «agradecerle de parte de todos los apóstoles la ayuda y fortaleza que les había otorgado en la tierra» pues no olvidemos que le había confortado en su misión en España.

Los profetas declaran: «Señora, tú eres la anunciada en nuestros vaticinios». Los Patriarcas la reciben diciendo: «María, tú has sido nuestra esperanza por la que suspiramos durante tanto tiempo». Adán y Eva la reconocen: «Amada hija, tú has reparado el daño que nosotros habíamos hecho a todos los humanos; tú has obtenido de nuevo para el mundo aquella bendición que nosotros perdimos por nuestra culpa; por ti nos hemos salvado: que seas bendita para siempre». El anciano Simeón emocionado: «le recuerda con júbilo el día en que recibió de sus manos al niño Jesús»

Sus parientes Zacarias e Isabel: «le agradecen de nuevo aquella visita que les hizo a su casa con tanto amor y humildad y por la cual recibieron inmensos tesoros de gracias». San Juan Bautista quiere: «agradecerle por haberlo santificado en el seno de su madre con sólo pronunciar su saludo». San Joaquín y santa Ana, sus padres, la abrazan exclamando al unísono: «Amada hija, qué fortuna la nuestra al haber tenido semejante hija. Ahora tú eres nuestra reina porque eres la Madre de nuestro Dios; como a tal reina te saludamos y honramos»

 

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Y por último, san José, su esposo no puede contener su júbilo al verla y la recibe diciendo:

«Señora y esposa mía, ¿cómo podré jamás agradecer como es debido a nuestro Dios por hacerme el esposo de la que es la Madre de Dios? Gracias a ti merecí en la tierra asistir al Verbo encarnado durante su infancia, haberlo tenido tantas veces en mis brazos y recibido tantas gracias especiales. He aquí a nuestro Jesús; consolémonos porque ahora ya no yace en un establo sobre la paja como, lo vimos nacido en Belén; ya no vive pobre ni despreciado en el taller, como vivió en tiempos con nosotros en Nazaret; ya no está clavado en un patíbulo infame, donde murió por la salvación del mundo en Jerusalén; sino que ahora está sentado a la diestra del Padre como rey y señor del cielo y de la tierra. Y ahora nosotros, reina mía, no nos separaremos de sus sagradas plantas, bendiciéndole y amándole para siempre».

 

Vemos, pues, que si de gozo y alegría se llenó la tierra, aún más e infinitamente, se llenó la corte superna. Es María el signo del cielo que aparece gloriosa al abrirse el santuario del cielo. La estrella que ilumina a la humanidad para que no pierda el rumbo hacia su destino último y definitivo: vivir con ella y con su Hijo en la gloria.

 

Guy Fawkeslein

Dominus Est

 

 

*permitida su reproducción mencionando a DominusEstBlog.wordpress.com

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