¿Sumisa o ‘Su mensa’?

Por Blanca Morenno Val. 9 de mayo de 2018.

 

Las características de una mujer sumisa, están descritas en Proverbios 31, 10-31:

 

Elogio de la mujer virtuosa

 

La mujer fuerte, ¿quién la hallará? Vale mucho más que las perlas. En ella confía el corazón de su marido y no tiene nunca falta de nada. Le proporciona siempre el bien, nunca el mal, todo el tiempo de su vida. Ella se procura lana y lino y hace las labores con sus manos. Es como nave de mercader, que desde lejos trae su pan. Se levanta cuando aún es de noche, y prepara a su familia la comida y la tarea de sus criados.  Ve un campo y lo compra, y con el fruto de sus manos planta una viña. Se ciñe de fortaleza y esfuerza sus brazos. Ve alegre que su negocio va bien, y ni de noche apaga su lámpara. Coge la rueca en sus manos y hace bailar el huso. Tiende su mano al miserable y alarga la mano al menesteroso. No teme su familia el frío de la nieve, porque todos en casa tienen vestidos dobles. Ella se hace cobertores, y sus vestidos son de lana y púrpura. Celebrado es en las puertas su marido cuando se sienta entre los ancianos del lugar. Hace una hermosa tela y la vende, y vende al mercader un ceñidor. Se reviste de fortaleza y gracia, y sonríe al porvenir. La sabiduría abre su boca y en su lengua está la ley de bondad. Vigila a toda su familia, y no come su pan de balde. Álzanse sus hijos y la aclaman bienaventurada, y su marido la ensalza.

Muchas hijas han hecho proezas, pero tú a todas sobrepasas. Engañosa es la gracia, fugaz la belleza; la mujer que teme a Dios, ésa es de alabar. Dadle los frutos del trabajo de sus manos, y alábenla sus hechos en las puertas.

 

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Sumisa exige reconocer el mandato de Dios para ella como mujer y más si llega a ser esposa.

Sumisa exige saber distinguir entre los engaños del mundo y los engaños de su propia mente ociosa.

Sumisa exige autodominio, capacidad de sacrificio para enfrentar a sus enemigos (mundo, demonio y carne).

 

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Sumisa exige, abandonar la idea de que su enemigo es su esposo, su jefe, su gobernante, su hijo. Ellos también comparten el mismo enemigo personal que ella.

Sumisa exige transmitirle a su esposo, si acaso el no fuera sumiso, que su deber es obedecer a Dios, recordarle que sus enemigos no son de carne y hueso.

Sumisa exige ser dueña absoluta de su mente, saber usarla para lo que se usa una mente sana: Pensar, entender, aprender, elegir y decidir.

Sumisa exige ser dueña de sus actos y de los de nadie más, exige que imponga templanza en sus apetencias y gulas.

Sumisa exige someterse a sí misma (someter su carne) antes que a su esposo, quien también, si somete a la suya, ambos darán una lucha digna durante su vida terrena.

Sumisa, exige una vida de oración pero también de intensa acción, en lo que pueda y en lo que no, exige una capacidad colosal de confianza en Dios.

Sumisa exige caminar al lado de un esposo o de otras personas, atacadas en la carne, (justo igual que la mujer sumisa), comprender sus debilidades, sentir compasión por sus luchas aún no superadas, en la medida de lo posible ayudarles a superarlas, pero sin olvidar su propia lucha.

 

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Sumisa exige, renunciar a tener a otras personas como guías de su carne ciega, renunciar a que le endulcen el oído con palabras de falsa compasión, falsa comprensión, falsa condescendencia y falsa estimación de su integridad.

 

Sumisa exige… Continuará. Voy a cumplir mis deberes de sumisión.

 

Blanca Morenno Val.

 


 

En 1880 el papa León XIII denunció la corrupción del matrimonio donde, el que elige ir sin sacramento ni obediencia, sacrifica su dignidad y anda solo o sola en pecado mortal, causándose daños que le será difícil reparar cuando reclame una dignidad que despreció por no aceptar el auxilio de Dios en su vida.

 

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La finalidad del matrimonio en el cristianismo

 

“Y no se limita sólo a lo que acabamos de recordar su excelencia y perfección cristiana. Pues, en primer lugar, se asignó a la sociedad conyugal una finalidad más noble y más excelsa que antes, porque se determinó que era misión suya no sólo la propagación del género humano, sino también la de engendrar la prole de la Iglesia, conciudadanos de los santos y domésticos de Dios, esto es, la procreación y educación del pueblo para el culto y religión del verdadero Dios y de Cristo nuestro Salvador.

En segundo lugar, quedaron definidos íntegramente los deberes de ambos cónyuges, establecidos perfectamente sus derechos. Es decir, que se hallen siempre dispuestos de tal modo que entiendan que mutuamente se deben el más grande amor, una constante fidelidad y una solícita y continua ayuda.

El marido es el jefe de la familia y cabeza de la mujer, la cual, sin embargo, puesto que es carne de su carne y hueso de sus huesos, debe someterse y obedecer al marido, no a modo de esclava, sino de compañera, esto es, que a la obediencia prestada no le falten ni la honestidad ni la dignidad. Tanto en el que manda como en el que obedece, dado que ambos son imagen, el uno de Cristo y el otro de la Iglesia.

Y así como la Iglesia está sometida a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo”.

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