¿Qué es el Magisterio de la Iglesia?

“Qui vos audit me audit”, “Quien a ustedes escucha a mi me escucha”.

Por Samuel J. Soldevilla Burga. Traditio Invicta. 12 de abril de 2018.

 

Es fundamental para el católico de hoy conocer con solidez qué es el Magisterio de la Iglesia, sus categorías y qué tipo de asentimiento le debe, así no se peca de orgullosa desobediencia ni de desordenado sometimiento a una autoridad no debida.

 

Tomando como fuente lo mencionado en el libro III del Código de Derecho Canónico, el magisterio de la Iglesia, en primer lugar, es el oficio conferido por Cristo a los Apóstoles y a sus sucesores de custodiarinterpretar y proponer la Verdad Revelada con su autoridad y en su nombre; en segundo lugar, es el conjunto de enseñanzas dadas en el ejercicio de ese oficio. Se dice que es un magisterio auténtico porque ha sido instituido por Cristo, y vivo, porque tiene la permanente asistencia del Espíritu Santo. “El que a vosotros oye, a Mí me oye” (Lc 10,16).

Para realizar esta misión, Cristo concedió a los pastores el don de la infalibilidad, que poseen el Romano Pontífice y el Colegio Episcopal: la ejercen según distintas modalidades, cuando enseñan sobre la fe y la moral que se contienen en el depósito de la fe o depósito de la Revelación. Al ser este depósito de la fe un cuerpo doctrinal entregado por nuestro Señor Jesucristo no hay autoridad alguna en la Iglesia que pueda contradecirlo. De aquí es que se suele diferenciar la Iglesia docente, es decir, todos los Obispos, con el Romano Pontífice a la cabeza, ya se hallen dispersos, ya congregados en Concilio, de la Iglesia discente, es decir, todos los demás fieles[1].

Se entiende entonces que la recepción de las enseñanzas del magisterio por los fieles dependerá de la medida en que esté implicada la autoridad de la Iglesia docente y del objeto propio de sus intervenciones, es decir, no todas las enseñanzas del magisterio serán infalibles, sin embargo, incluso este magisterio falible es recomendable meditar y profundizar según lo ya enseñado por la Iglesia cuya doctrina tiene casi dos mil años de antigüedad, no es de buen católico despreciar las enseñanzas del magisterio, en este sentido podemos recordar lo dicho por el Papa XII:

 

“Hay algunos que, de propósito y habitualmente, desconocen todo cuanto los Romanos Pontífices han expuesto en las Encíclicas sobre el carácter y la constitución de la Iglesia; y ello, para hacer prevalecer un concepto vago que ellos profesan y dicen haber sacado de los antiguos Padres, especialmente de los griegos. Y, pues los Sumos Pontífices, dicen ellos, no quieren determinar nada en las opiniones disputadas entre los teólogos, se ha de volver a las fuentes primitivas, y con los escritos de los antiguos se han de explicar las constituciones y decretos del Magisterio. Afirmaciones estas, revestidas tal vez de un estilo elegante, pero que no carecen de falacia. Pues es verdad que los Romanos Pontífices, en general, conceden libertad a los teólogos en las cuestiones disputadas -en distintos sentidos- entre los más acreditados doctores; pero la historia enseña que muchas cuestiones que algún tiempo fueron objeto de libre discusión no pueden ya ser discutidas. Ni puede afirmarse que las enseñanzas de las encíclicas no exijan de por sí nuestro asentimiento, pretextando que los Romanos Pontífices no ejercen en ellas la suprema majestad de su Magisterio. Pues son enseñanzas del Magisterio ordinario, para las cuales valen también aquellas palabras: `El que a vosotros oye, a Mí me oye` (Lc 10:16); y la mayor parte de las veces, lo que se propone e inculca en las Encíclicas pertenece ya -por otras razones- al patrimonio de la doctrina católica. Y si los Sumos Pontífices, en sus constituciones, de propósito pronuncian una sentencia en materia hasta aquí disputada, es evidente que, según la intención y voluntad de los mismos Pontífices, esa cuestión ya no se puede tener como de libre discusión entre los teólogos.[2]

 

Haciendo un paréntesis, cabe mencionar que no pocas veces los fieles católicos terminan confundiendo teología con magisterio, en la cita anterior podemos ver que efectivamente no son lo mismo. Lo que la Iglesia cree es lo que está contenido en el depósito de la fe, depósito que no es fruto de ninguna teología sino que, como dijimos al principio, fue entregada por nuestro Señor Jesucristo mismo. La teología, sea cual fuere, no crea contenido nuevo en el sentido de agregar algo que no estaba ya contenido en el depósito de la fe, lo que hace es prestar su ayuda para aumentar la comprensión de dicho depósito.

Respecto a los grados del Magisterio de la Iglesia, podemos encontrarlos recogidos en los cánones 750 -754 del Código de Derecho Canónico. Se debe tener en cuenta que al can. 750 se le dio una nueva redacción por el Motu Proprio Ad Tuendam Fidem de 18 de mayo de 1998. Además es importante la Profesión de fe que se usa oficialmente en la Iglesia, y la Nota doctrinal ilustrativa a la profesión de fe y el juramento de fidelidad, que aprobó la Congregación para la Doctrina de la Fe cuando promulgó la Profesión de fe, y que explica los grados del Magisterio.

 

Se puede decir que hay tres grados en las enseñanzas del Magisterio:

  • Doctrina de fe divina y católica,
  • Doctrinas definitivas y
  • Magisterio ordinario y universal.

Concilio-de-Trento

Concilio de Trento

 

DOCTRINA DE FE DIVINA Y CATÓLICA

 

Es la doctrina que pertenece al depósito de la fe, y por ello es propuesta como revelada por Dios. La declaración de que una doctrina es de fe divina y católica la hace la Iglesia, ya sea mediante el Magisterio solemne, ya sea mediante el Magisterio ordinario y universal. Según la nota doctrinal ilustrativa, n.5, estas doctrinas «son definidas como verdades divinamente reveladas por medio de un juicio solemne del Romano Pontífice cuando éste habla ex cathedra, o por el Colegio de los obispos reunido en concilio, o bien son propuestas infaliblemente por el Magisterio ordinario y universal»

 

Can. 750 § 1. Se ha de creer con fe divina y católica todo aquello que se contiene en la palabra de Dios escrita o transmitida por tradición, es decir, en el único depósito de la fe encomendado a la Iglesia, y que además es propuesto como revelado por Dios, ya sea por el magisterio solemne de la Iglesia, ya por su magisterio ordinario y universal, que se manifiesta en la común adhesión de los fieles bajo la guía del sagrado magisterio; por tanto, todos están obligados a evitar cualquier doctrina contraria.

 

El fiel, entonces, ante una doctrina de fe divina y revelada, hace un asentimiento de fe teologal.

¿Qué pasa cuando se niega una doctrina de fe divina y católica? Se incurre en herejía. Por lo tanto, el sujeto que niegue pertinazmente (no por ignorancia) una de estas doctrinas, incurre en el delito de herejía, que está castigado con excomunión latae sententiae tal y como lo podemos ver en el canon 1364 §1 del Código de Derecho canónico.

Ejemplos de doctrinas de fe divina y católica aprobados por el Magisterio Solemne hay en abundancia en la historia de la Iglesia: podemos ir desde los dogmas cristológicos que se aprobaron en los primeros siglos del cristianismo hasta la asunción de la Virgen María, el más reciente de los dogmas marianos aprobados. Un ejemplo de doctrina de fe divina y católica aprobado por el Magisterio ordinario y universal de la Iglesia es la enseñanza acerca de la grave inmoralidad de la muerte directa y voluntaria de un ser humano inocente, contenida en la encíclica Evangelium Vitae, n. 57.

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DOCTRINA DEFINITIVA

 

Una doctrina es definitiva si es necesaria para custodiar y exponer fielmente el depósito de la fe, aunque no haya sido propuesta por el Magisterio de la Iglesia como formalmente revelada.

 

Can. 750 § 2. Asimismo se han de aceptar y retener firmemente todas y cada una de las cosas sobre la doctrina de la fe y las costumbres propuestas de modo definitivo por el magisterio de la Iglesia, a saber, aquellas que son necesarias para custodiar santamente y exponer fielmente el mismo depósito de la fe; se opone por tanto a la doctrina de la Iglesia católica quien rechaza dichas proposiciones que deben retenerse en modo definitivo.

 

Igual que en el caso anterior, estas doctrinas pueden ser declaradas solemnemente por el Magisterio de la Iglesia, mediante una enseñanza ex cathedra del Papa o en un Concilio universal, o pueden ser enseñadas por el Magisterio ordinario y universal de la Iglesia.

El fiel debe adherirse a estas doctrinas de modo definitivo e irrevocable, igual que en las enseñanzas de fe divina y católica, pero su asentimiento no es de fe teologal en la doctrinasino en la asistencia del Espíritu Santo a la Iglesia, por eso en la nota doctrinal ilustrativa, n. 8 se dice que «en el caso de las verdades del primer apartado el asentimiento se funda directamente sobre la fe en la autoridad de la palabra de Dios (doctrinas de fide credenda); en el caso de las verdades del segundo apartado, el asentimiento se funda sobre la fe en la asistencia del Espíritu Santo al Magisterio y sobre la doctrina católica de la infalibilidad del Magisterio (doctrinas de fide tenenda)».

 

Como estas verdades “pueden ser de naturaleza diversa y revisten, por lo tanto, un carácter diferente debido al modo en que se relacionan con la revelación. Existen, en efecto, verdades que están necesariamente conectadas con la revelación mediante una relación histórica; mientras que otras verdades evidencian una conexión lógica, la cual expresa una etapa en la maduración del conocimiento de la misma revelación, que la Iglesia está llamada a recorrer. El hecho de que estas doctrinas no sean propuestas como formalmente reveladas, en cuanto agregan al dato de fe elementos no revelados o no reconocidos todavía expresamente como tales, en nada afectan a su carácter definitivo, el cual debe sostenerse como necesario, al menos por su vinculación intrínseca con la verdad revelada. Además, no se puede excluir que en cierto momento del desarrollo dogmático, la inteligencia tanto de la realidad como de las palabras del depósito de la fe pueda progresar en la vida de la Iglesia y el Magisterio llegue a proclamar algunas de estas doctrinas también como dogmas de fe divina y católica[3]”.

 

Entre estas enseñanzas se pueden citar la doctrina del sacerdocio ministerial reservado solo a los varones. Nada impide que en algún momento el Magisterio decida proclamar que esta doctrina pertenece al depósito de la fe, y por ello, sea declarada de fe divina y católica. También se puede citar la maldad de la eutanasia[4]. Entre las verdades conectadas con la revelación por necesidad histórica, declaradas definitivas por el Magisterio, se encuentran las de legitimidad de la elección del Sumo Pontífice o de la celebración de un concilio ecuménico, la canonización de los santos, o la declaración de León XIII en la carta apostólica Apostolicae curae sobre la invalidez de las ordenaciones anglicanas. Estas doctrinas no pueden ser declaradas como divinamente reveladas pero sí como doctrina definitiva.

¿Qué pasa si se niega de forma pertinaz (no por ignorancia) una doctrina definitiva? es delito canónico, y debe ser castigado con una pena justa[5].

¿Qué es el asentimiento definitivo? Según lo que hemos visto, tanto en las verdades del primer grupo (las que son de fe divina y católica) como en las del segundo (las definitivas) no hay diferencia en cuanto al carácter definitivo e irrevocable de la adhesión del fiel ¿Dónde estaría la diferencia entonces? «La diferencia se refiere a la virtud sobrenatural de la fe: en el caso de las verdades del primer apartado el asentimiento se funda directamente sobre la fe en la autoridad de la palabra de Dios (doctrinas de fide credenda); en el caso de las verdades del segundo apartado, el asentimiento se funda sobre la fe en la asistencia del Espíritu Santo al Magisterio y sobre la doctrina católica de la infalibilidad del Magisterio (doctrinas de fide tenenda)[6]».

Llegados a este punto, hay que tener en cuenta que hay dos modos por los que el Magisterio puede enseñar una doctrina que debe ser mantenida por los fieles (ya sea como de fe divina y católica, ya sea como definitiva), puede ser por medio de un acto definitorio o por un acto no definitorio. «En el caso de que lo haga a través de un acto definitorio, se define solemnemente una verdad por medio de un pronunciamiento «ex cathedra» por parte del Romano Pontífice o por medio de la intervención de un concilio ecuménico. En el caso de un acto no definitorio, se enseña infaliblemente una doctrina por medio del Magisterio ordinario y universal de los obispos esparcidos por el mundo en comunión con el Sucesor de Pedro. Tal doctrina puede ser confirmada o reafirmada por el Romano Pontífice, aun sin recurrir a una definición solemne, declarando explícitamente que la misma pertenece a la enseñanza del Magisterio ordinario y universal como verdad divinamente revelada (primer apartado) o como verdad de la doctrina católica (segundo apartado)[7]»

MAGISTERIO ORDINARIO Y UNIVERSAL

 

Estas son las otras doctrinas del Magisterio auténtico no infalibles. El canon 752 explica en qué consiste esta categoría de enseñanzas de la Iglesia:

 

Can. 752: Se ha de prestar un asentimiento religioso del entendimiento y de la voluntadsin que llegue a ser de fe, a la doctrina que el Sumo Pontífice o el Colegio de los Obispos, en el ejercicio de su magisterio auténtico, enseñan acerca de la fe y de las costumbres, aunque no sea su intención proclamarla con un acto decisorio; por tanto, los fieles cuiden de evitar todo lo que no sea congruente con la misma.

 

A este grupo de doctrinas, según la Nota doctrinal ilustrativa, «pertenecen todas aquellas enseñanzas –en materia de fe y moral– presentadas como verdaderas o al menos como seguras, aunque no hayan sido definidas por medio de un juicio solemne ni propuestas como definitivas por el Magisterio ordinario y universal».

En este caso, el fiel ya no debe prestar un asentimiento definitivo porque no son enseñanzas infalibles, como fue en los dos primeros apartados, sino que, a las doctrinas de esta última categoría de enseñanza les debe un asentimiento religioso de voluntad y entendimiento. «Estas ayudan a alcanzar una inteligencia más profunda de la revelación, o sirven ya sea para mostrar la conformidad de una enseñanza con las verdades de fe, ya sea para poner en guardia contra concesiones incompatibles con estas mismas verdades o contra opiniones peligrosas que pueden llevar al error[8]» La posición contraria a una de estas doctrinas debe ser considerada como errónea o al menos como imprudente.

Como ejemplo «se pueden indicar en general las enseñanzas propuestas por el Magisterio auténtico y ordinario de modo no definitivo, que exigen un grado de adhesión diferenciado, según la mente y la voluntad manifestada, la cual se hace patente especialmente por la naturaleza de los documentos, o por la frecuente proposición de la misma doctrina, o por el tenor de las expresiones verbales», según el documento mencionado.

 

«Esta religiosa sumisión de la voluntad y del entendimiento, de modo particular se debe al magisterio auténtico del Romano Pontífice, aun cuando no hable ex cathedra; de tal manera que se reconozca con reverencia su magisterio supremo y con sinceridad se adhiera al parecer expresado por él según la mente y voluntad que haya manifestado él mismo y que se descubre principalmente, ya sea por la índole del documento, ya sea por la insistencia con que repite una misma doctrina, ya sea también por las fórmulas empleadas[9]

 

Por tanto, en esta última categoría ¿Hay posibilidad de error? Sí la hay, sin embargo es una sana confianza natural en la fuente, no podríamos estar dudando a cada momento de la veracidad de este contenido, sería como dudar de que la tierra gira alrededor del sol, la mayoría de personas no podría comprobarlo, sin embargo, mediante fe humana, se asiente a esta verdad. Con mayor razón aún para un católico esta categoría de magisterio no infalible.

 

Artículo original: Traditio Invicta

 

 

REFERENCIAS:

[1] Catecismo Mayor de San Pio X N° 181 – 192

[2] Humani generis 12-14

[3] Nota doctrinal ilustrativa, n. 7

[4] cf. encíclica Evangelium Vitae, n. 65

[5] cf. can. 1371, 1

[6] Nota doctrinal ilustrativa, n. 8

[7] Nota doctrinal ilustrativa, n. 9

[8] cf. Nota doctrinal ilustrativa, n. 10

[9] Lumen Gentium, 25; Cf: Canon 752

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