EL DEMONIO DE LA ACEDIA

LA ACEDIA EN EL PENSAMIENTO DE SANTO TOMÁS

LUZ PARA ESTOS TIEMPOS*

Por Alberto Mensi**

Sociedad Internacional Tomás de Aquino, Delegación Córdoba.

 

La Acedia es un vicio opuesto al gozo de la Caridad, cuyo objeto es el bien divino. Esto ya nos pone en alerta pues no se refiere a un vicio de aquellos que son del vientre para abajo sino que directamente está vinculado al corazón para arriba, no es vicio de debilidad sino de soberbia.

Es una tristeza mala en sí misma pues el bien espiritual, del cual se entristece, es un bien en sí mismo, el mismo bien divino. Pero además es una tristeza mala en sus efectos pues retrae al hombre para que no obre el bien.

 

Decía Sören Kierkegard en “El concepto de la angustia”: “No se quiere meditar seriamente en la eternidad, sino que se siente angustia ante ella y la angustia busca cien escapatorias. Mas esto es cabalmente lo demoníaco”.

Y Martin Buber en Eclipse de Dios: “En vez de hablar con Dios, se habla sobre Dios, y Dios deja de ser el Tú de la Fe religiosa para convertirse en el Ello de la filosofía”.

 

Luego de leer estos dos testimonios no católicos podemos considerar lo que el P. Horacio Bojorge SJ plantea acerca de que vivimos en la Civilización de la Acedia, y quizás lo más preocupante de ello sea que no se habla de ello ni en las cátedras, ni en las predicaciones, ni es habitual referirse a la misma en las confesiones o en sus preparaciones.

 

¿Y para qué preocuparnos de la Acedia? ¿Acaso es tan mala la Acedia como para preocuparnos de ella o de sus efectos?

 

Comenzaremos haciendo un breve planteo de lo que nos presenta Santo Tomás de Aquino en la Suma Teológica, II, II, cuestión 25, enseñanza que nos servirá de guía central para entender qué es la acedia.  Luego trataremos de sacar algunas conclusiones prácticas que puedan sernos de utilidad para nuestra vida espiritual y el bien de las sociedades.

En primer lugar podemos decir que la Acedia es un vicio opuesto al gozo de la Caridad, cuyo objeto es el bien divino. Esto ya nos pone en alerta pues no se refiere a un vicio de aquellos que son del vientre para abajo sino que directamente está vinculado al corazón para arriba, no es vicio de debilidad sino de soberbia.

Siguiendo a San Juan Damasceno vemos que es una tristeza mala en sí misma pues el bien espiritual, del cual se entristece, es un bien en sí mismo, el mismo bien divino. Pero además es una tristeza mala en sus efectos pues retrae al hombre para que no obre el bien.

Pero no solamente ello sino que es un vicio especial, capital y pecado mortal.

Estas tres características que desarrolla el Aquinate creo son de gran importancia para entender  la gravedad de lo que al inicio hemos planteado.

Todos los vicios provocan en nosotros una tristeza particular según el objeto de la virtud de la que es contrario, sin embargo siendo la acedia opuesta directamente a la Caridad, la cual se goza espiritualmente del bien divino, la acedia se entristece justamente del mismo bien divino, raíz de todos los otros bienes, segando de esta manera la fuente de todos los bienes en el alma del que sufre la acedia, lo cual tendrá proyecciones desastrosas cuando se extiende por varias personas, más aún cuando estas tienen influencia en una sociedad.

Pero no es un simple vicio sino que es vicio Capital, es decir, cabeza de otros vicios que van aniquilando a la persona y su convivencia.

 

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Decíamos que la Acedia es una especie de tristeza y obra en el hombre de dos maneras aparentemente opuestas.

Puede mover al hombre a obrar algunas cosas en sintonía con esa tristeza, por ejemplo: llorar.

También puede mover al hombre a obrar cosas por las cuales se evita la tristeza ya sea que por ellas el hombre se aleje de lo que lo contrista, ya sea pasando a otras cosas en las que se deleita.

Así podemos considerar diversos movimientos que en este orden genera la Acedia, lo cual nos explica Santo Tomás en el final de esta Cuestión.

 

Movimientos que son hijos de la Acedia:

  • El hombre huye de los bienes espirituales por la desesperación.
  • Huye de las cosas arduas susceptibles de consejo por la pusilanimidad
  • Huye de las cosas que pertenecen a justicia común por la desidia
  • Se aparta de los hombres que inducen a los bienes espirituales por el rencor
  • Detesta esos bienes espirituales por la malicia
  • El hombre es movido a los exteriores deleitables por la divagación de la mente en cosas ilícitas y que podemos considerar puntualmente en varias
  • Es importunidad de la mente cuando se quiere derramar sin oportunidad en cosas diversas
  • Si pertenece al conocimiento se le llama curiosidad
  • Si pertenece a la locución se le llama verbosidad
  • Si se trata del cuerpo que no quiere permanecer en el mismo lugar se llama inquietud del cuerpo
  • Cuando se refiere al divagar por diversos lugares se llama inestabilidad que también es llamado así cuando cambia de propósito.

 

Esta condensada cuestión de la Suma de Santo Tomás encierra lo sustancial de este vicio, grave drama de nuestra Civilización actual.

La acedia se excusa. Culpa a todo lo exterior. No percibe que nace de dentro: de un amor desordenado a uno mismo. Un supervirus llamado por los antiguos “filo-autía” (amor de sí).

Siguiendo al P. Fuentes I.V.E. en su escrito: “La Acedia. Apuntes psicológicos y espirituales del mal del desencanto” vamos a hacer algunas consideraciones acerca de la acedia que son convenientes para poder entender su implicancia en el mundo actual.

Quiero que quede claro que si bien tomo de su escrito, en realidad me baso en él y voy escribiendo según he podido ir tomando nota de los aspectos sobresalientes o que me resultan de interés para esta Tesis. El crédito es del P. Fuentes y toda expresión mía que pueda dar un malentendido de sus escritos es solamente responsabilidad de mi ignorancia.

 

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Debemos considerar la acedia en tres aspectos: acedia sensible, acedia racional y acedia anti-teologal.

  • La acedia sensible es una cierta tristeza que aplasta e impide obrar, un amor instintivo a la propia unidad que genera un rechazo al esfuerzo que requiere una actividad intelectual o volitiva, esfuerzo que es percibido como un mal pues repugna a la sensibilidad. Por eso, para escapar de esa actividad toma uno de dos caminos: la inactividad o por medio de otra actividad que lo distraiga.
  • La acedia racional surge de la aceptación voluntaria de la acedia pasional o al percibir racionalmente que determinado bien espiritual humano o natural es malo al fastidiar los gustos terrenos de la persona.
  • Finalmente la acedia anti-teologal es una tristeza espiritual del bien interior espiritual y divino que es objeto del gozo caritativo. El objeto de este gozo es Dios y por extensión aquello que nos pone en relación con Dios, lo que nos permite ofrecerle culto o lo que es reflejo suyo. Así podemos entender las oleadas de odio a todo lo católico que como nubes pestilentes permanentemente cruzan los cielos del mundo entero inficionándolo todo y generando nuevas tormentas. No se soporta a Dios, no se soporta nada que nos hable de Dios, no se soporta a nadie que nos recuerde a Dios, su sola presencia molesta a los mundanos acidiosos.

 

Siguiendo al P. Fuentes podemos ver que este estado acidioso entraña varios aspectos:

  • Se dan ciertas inclinaciones afectivas que nos inducen a hacer un juicio deformado del bien. Los mundanos están predispuestos a juzgar mal todo aquello que los puedan llevar a someterse al dulce y suave yugo divino.
  • En el plano del conocimiento, se da una falsa percepción del bien, el bien espiritual es considerado malo. Es lo que tradicionalmente se dice: si no vives como piensas terminas pensando como vives. Esto es de grave importancia para la educación en las familias y las llamadas escuelas católicas: utilizar todos los recursos para que la fe, la inteligencia y las costumbres vayan por el mismo carril.
  • En el plano de los afectos la acedia me genera un dolor, una molestia causada por el bien espiritual que se nos llega a convertir en insoportable.
  • Finalmente y como consecuencia de todo esto nos conduce a la huida del dolor y la búsqueda del placer.

 

La acedia espiritual comienza por un juicio práctico que recibe o bien un influjo afectivo pasajero proveniente de las pasiones, o un influjo más permanente que proviene de los hábitos, y por ese juicio práctico juzgamos que algo es o no es conveniente o no para nosotros ahora.

Este juicio acidioso me va a llevar a un movimiento volitivo acidioso el cual al ser consentido me instala en la acedia espiritual.

 

Sin embargo, es importante resaltar que se llega a aquel juicio acidioso porque la razón abandona el recto camino y así tenemos diversas bifurcaciones que, en definitiva nos quieren llevar al camino ancho de la perdición:

  • Razones aparentes, razones que no tienen verdaderamente fundamentos y dependen más que nada de la imaginación.
  • Sutilezas, estos son argumentos escrupulosos; por lo cual es importante una buena dirección espiritual pues el exceso en un sentido es tan malo como en el otro sentido, ambos me apartan del recto camino
  • Falacias, las cuales son argumentos que parecen válidos pero en realidad no lo son. Es de suma importancia la adecuada formación de la inteligencia para no dejarnos atrapar y enredar por las falacias que el mundo moderno nos trata de seducir permanentemente como canto de sirenas en la Odisea.

 

Para ir terminando este breve análisis es conveniente tener en claro cuál es el objeto de la acedia.

 

El objeto de la acedia es el BIEN divino percibido como mal, como una realidad que enfada, satura, aburre, fastidia. Es un mirar con malos ojos la gracia en sí misma y ofrecida a nosotros.

Por eso al acidioso y a la cultura acidiosa les repugna la oración, la cruz, el sufrimiento, la persecución y el martirio, la conversión, el celibato, la pureza, la virginidad, la castidad.

El mundo acidioso “católico” (porque hasta estos absurdos se dan hoy día, y a disfraces que se pongan sobran payasos que los busquen) rechaza toda manifestación religiosa externa, el decoro en el culto, cualquier diferencia que muestre a un consagrado como tal pues están como desencantados de los bienes espirituales de los que esperaban otra cosa, pues en lugar de creer en Cristo Crucificado hacen como los judíos en el Calvario, quieren que Cristo baje de la Cruz, se desembarace de la Cruz  y entonces sí creerán en El.

Es fácil de reconocer a los adictos de esta “acedia católica” pues rechazan de plano, no soportan ni la Encarnación del Verbo, ni la Parusía de Jesucristo ni su Reinado social. Hasta los más barnizados muestran la herrumbre cuando se tratan estos temas pues quieren conservar un cristianismo de happy end [final feliz], de humanismo puro, de progreso indefinido y ante esas verdades chocan de una manera total, y es imposible que no lo hagan. Por más que quieran prender una vela a Dios y otra al diablo, con la Revelación íntegra hay demasiado viento.

Por eso me parece prudente retomar las dos frases con las que comenzamos esta exposición: “No se quiere meditar seriamente en la eternidad, sino que se siente angustia ante ella y la angustia busca cien escapatorias. Mas esto es cabalmente lo demoníaco” (Sören Kierkegard “El concepto de la angustia”).Y Martin Buber en Eclipse de Dios: “En vez de hablar con Dios, se habla sobre Dios, y Dios deja de ser el Tú de la Fe religiosa para convertirse en el Ello de la filosofía”.

Podríamos jugar con un concepto que utilizaba el P. Castellani y que viene a cuento de esta frase de Martin Buber, el cristianismo es una religión subjetiva y no objetiva, es decir que para el cristiano Dios es un sujeto, una persona y no un objeto.

Cuando lo convertimos a Dios en un objeto inmediatamente lo ponemos en algún lugar, quizás muy importante, pero quedará allí a modo de algo decorativo y la única persona importante seré yo; por eso si soy coherente con esta posición terminaré entristeciéndome de todo aquello que esa persona, que ya no es para mí más una persona sino un objeto, pueda ofertarme.

Podríamos decir que la acedia es la cultura de una civilización que renegando la imagen divina que tiene y encuentra dentro de su corazón, se vuelve a la nada que hay detrás de uno mismo sin Dios y eso genera desesperación, necesariamente tapada con distracción, del tipo que sea.

Por eso podemos decir que la acedia surge en una civilización, en una época en la que el problema es metafísico. Dios ha muerto. Para los corazones y las inteligencias de los modernos Dios está muerto, no existe. La concepción metafísica de la realidad prescinde absolutamente de la existencia de Dios, la silencia, la oculta, la calla; aun cuando en el fondo de las conciencias Dios sigue clamando que nos ama, que los ama, que daría nuevamente su vida mil veces por ellos, los modernos lo silencian.

El resultado de este esfuerzo es armar una ética acomodaticia de todo aquello que me sirva para huir de lo que me muestre un signo de Dios, por una parte, y por otra de todo aquello que me permita atiborrar la atención en cosas que no me permitan asumir la presencia de Dios en la realidad de nuestras vidas cotidianas.

Sin embargo el resultado real de esta metafísica y de esta ética acidiosa es justamente esta profunda tristeza que cala en lo más profundo de nuestros corazones, de nuestra vida.

Cerramos esta parte con un recupero de lo que más arriba poníamos acerca de lo que Santo Tomás nos enseña acerca de las consecuencias de la acedia:

El hombre de la civilización acidiosa no se preocupa por la justicia y no encara ninguna cosa ardua, más bien vive en un estado latente de desesperación. Los hombres por más que difieran entre sí, aun diametralmente, coinciden en el detestar los bienes espirituales y un sordo rencor hacia quienes nos los presentan o recuerdan. Civilización superficial colma el anhelo de conocimiento con la sumatoria de datos provenientes de la curiosidad aunque no profundizan en ninguno ni pueden dar razón de sus convicciones, tan sólo repetir slogans. No soportan estar en un mismo lugar y en silencio consigo mismos y les quema la fiebre del vacacionar, ir a diferentes lugares, recorrer, cambiar, aturdirse. Hoy quieren esto y mañana quieren aquello. Como no tienen raíces profundas en sus convicciones son inestables en sus decisiones.

Todo esto proviene de la acedia (non serviam), y la raíz de la solución es la conversión (ecce ancilla Domini), que comienza por reconocer la existencia de Dios Padre creador que me ama y quiere mi bien.

Al hombre moderno de la civilización acidiosa, si realmente quiere la salud del alma, de la mente y del cuerpo, le valdrían las palabras de San Remigio al Rey Clodoveo: “Quema lo que adoraste y adora lo que quemaste”.

Por eso hoy más que nunca las gentes deben volver sus corazones a Aquella a quien una espada traspasó su Corazón, porque María Santísima, la Corredentora, la medianera Universal de todas las gracias, nos marca el camino.

Decían los antiguos: “un abismo clama otro abismo”, el abismo de la humildad de María clamó y arrancó de los cielos el abismo del Amor de Dios. Por eso debemos ponernos en Su Corazón, dejarnos atravesar por esa espada que abra la coraza de orgullo que nos envuelve y por esa herida permita que salga todo el pus de nuestros pecados e ingrese todo el Amor de Dios.

Por eso quienes nos esforzamos en este empeño le decimos con todas nuestras fuerzas: Dignare me laudare Te Virgo Sacrata, da mihi virtutem contra hostes Tuos.

 

*Presentado como Trabajo final de integración en la Diplomatura universitaria en pensamiento tomista de la Universidad Fasta, octubre de 2015.

 

Alberto Mensi

 

**Reproducción en Dominus Est con permiso del autor.

 

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