TRIGO Y CIZAÑA (VII). La segunda cizaña: la masonería

Por Guy Fawkeslein. Dominus Est. 8 de Agosto de 2017.

 

La segunda cizaña: la masonería

 

                Esta segunda semilla brotó el 24 de junio del 1717 en una taberna londinense llamada La Oca y el Grillo, junto a la incipiente catedral de Saint Paul. Surge como consecuencia de la fusión de cuatro grandes logias británicas que conspiraban contra los Estuardo dando como resultado a la Gran Logia de Londres o Inglaterra, madre de todas las posteriores obediencias masónicas.

La masonería o franc-masonería deriva de la palabra francesa “maçon” que significa albañil o cantero. El prefijo “free-” o “franc-” significa “libre”. De ahí que la franc-masonería fuera sinónimo de libre-pensamiento. Mientras que en el origen medieval de ésta hacía referencia a la libertad de los canteros para trasladarse de una ciudad a otra sin tener que someterse a la leyes de cada una. A ésta la llamamos masonería operativa.

Por masonería especulativa o moderna entendemos, propiamente, la del pensamiento libre y suele estar reguladas por normas y principios denominados “Landmarks”. En el momento en que esta comenzó a coquetear con el rosacrucismo, entró en una deriva mágica, dando lugar a la masonería ocultista que practica el espiritismo o el satanismo. Así pues, vemos que hay tres grandes clases de masonería, de las cuales nos ocuparemos de los dos últimas por ser las más beligerantes contra la semilla de Dios.

El fin último de todas las obediencias masónicas es la creación de un hombre ideal y perfecto; el modelo acabado de humanidad que desde el origen del mundo se ha ido buscando. De alguna manera es hacer posible el engaño genesíaco de la serpiente: hacer del hombre un dios pero sin Dios. Pero la construcción de este “homo perfectus” pasa por la deconstrucción del hombre actual; por la dinamitación de todo aquello que suponga una limitación a los intereses humanos, a su libertad y por tanto, suprimir todo aquello que pueda ser causa de conflicto.

De este modo, los objetivos prioritarios de la masonería son: un gobierno mundial, una economía mundial, una religión mundial. Dios, patria y dinero son los pilares de la libertad y seguridad del hombre, pero también la causa de los conflictos que han golpeado severamente a la humanidad. Aunque más adelante volveremos sobre esto.

Ahora ocupémonos acerca de las líneas que definen el pensamiento masónico. En primer lugar, el relativismo. Éste es un principio según el cual no existe nada absoluto sino que todo está sujeto a opiniones y divergentes puntos de vista. Por ende, tampoco interesa saber ni la verdad ni el bien moral en sí mismo. Así pues, como consecuencia lógica, la masonería rechazará cualquier tipo de dogmatismo sea religioso o moral y en este sentido, la Iglesia católica es la  que se lleva el primer premio y por tanto el objetivo número uno a abatir.

Lógicamente, el relativismo está en la raíz de otros puntos definitorios como el sincretismo religioso y el deísmo. Empecemos por este último. El deísmo es una concepción religiosa que tiene por objeto a un dios impersonal, un Ser Supremo. Es una divinidad perdida en la trascendencia, que en el mejor de los casos ha creado el mundo y ha puesto en funcionamiento la máquina del mismo pero se ha marchado de él y por tanto no es providente. Se le puede adorar en cuanto supremo hacedor pero no rezar porque no escucharía jamás. Y, por consiguiente, el deísmo es la abertura al sincretismo religioso.

El sincretismo religioso supone la amalgama inconexa de las diferentes tradiciones religiosas. Surge como consecuencia de la pertenencia a diversas comunidades eclesiales reformadas de los fundadores de la masonería. Una fórmula, si se quiere, de compromiso que pretendiendo afirmar la veracidad de las diferentes religiones y su posible convivencia pacífica, en verdad conlleva la falsedad de todas ellas, dado que, según el principio de contradicción dos cosas distintas no pueden ser verdaderas al mismo tiempo, luego si todo es verdad, es porque todo es falso. La masonería rechaza la Revelación divina aceptando y promoviendo solo lo común a todas las religiones y éticas mientras que lo exclusivo de cada una debe permanecer en el foro de la conciencia o dentro de los templos. El masón rechaza cualquier fe dogmática pero olvidan, éstos, que precisamente la masonería se sustenta en dogmas, llamados “landmarks” que el diccionario de la francmasonería define del siguiente modo: “reglas tradicionales, universales, absolutamente irrevocables e inalterables de conducta”. Según esta definición, qué son los “landmarks” sino dogmas de la masonería.

A este sincretismo religioso se llega no solo por el deísmo, sino también por el gnosticismo. Esto es, una creencia inducida por un Ser Supremo que ha revelado una sabiduría oculta a algunos elegidos que se convierten en “maestros” que deben preservar este conocimiento de toda deformación y transmitirlo a los que deseen iniciarse. Para la masonería, el gnosticismo es de carácter antropológico, esto es, solo creen en el hombre, epicentro del universo, entidad autosuficiente y, por tanto, con derecho a manipular toda creencia religiosa. Sirva como muestra estas palabras de Hillary Clinton: “los códigos profundamente enraizados, las creencias religiosas y las fobias estructurales han de modificarse. Los gobiernos deben emplear sus recursos coercitivos para redefinir los dogmas religiosos tradicionales”. (Conferencia sobre el feminismo en el Lincoln Center en New York, abril del 2015).

Este sincretismo religioso, se ha materializado en una sala que se alberga en el edificio de la ONU, llamada “Sala de la meditación” donde no hay ninguna cruz, ni ninguna media luna ni ningún otro símbolo religioso sino tan solo una piedra cúbica signo de la perfección y equilibrio del hombre que ha de ser construido. Pero nos equivocaríamos si pensáramos que detrás de esto hay una razón fraternal de potenciar los cultos religiosos. No. La masonería es la mayor promotora del laicismo a nivel mundial, es decir, la reclusión de todo lo religioso (dogmático o moral) al ámbito privado de lo humano con el fin de ir poco a poco haciéndolo desaparecer.

Con razón, pues, desde su fundación, la Iglesia miró con recelo a esta nueva secta a la que no dudó en condenar repetidamente a lo largo de la historia (hasta 1980 ha habido 371 documentos), siendo la primera la del papa Clemente XII en la bula In eminenti en 1738, donde se prohíbe a los católicos ingresar en la secta bajo pena de excomunión. Benedicto XIV volvió a repetir la condena y prohibición en la Constitución Apostólica Providas, en 1751 y del mismo modo Pio VII en Ecclesiam a Jesu, en 1821, donde afirma que se presentan “bajo el disfraz de corderos, pero no son sino lobos rapaces”, una frase cargada de verdad como veremos más adelante. No se quedó atrás en sus condenas el papa León XIII quien promulgó dos documentos: la encíclica Humanum genus (1884) y la exhortación apostólica Praeclara gratulationis (1894).

Fue consignada la condena y prohibición en el Código de Derecho Canónico de 1917 en dos ocasiones: en el libro II, c. 684: “Los fieles son dignos de alabanza si dan su nombre a las asociaciones erigidas o al menos recomendadas por la Iglesia, pero deben abstenerse de las asociaciones secretas, condenadas, sediciosas, o que se esfuerzan en sustraerse a la legítima vigilancia de la Iglesia”. Y en el libro V, c. 2335: “Los que dan su nombre a la secta masónica o a otras asociaciones del mismo género que maquinan contra la Iglesia o contra las potestades civiles legítimas, incurren ipso facto en excomunión simplemente reservada a la Sede Apostólica”. Y respecto a los clérigos que se hubieran unido a la masonería se especificaba en el c. 2336 “1. A los clérigos que han cometido el delito de que se trata en los cánones 2334 y 2335 debe castigárseles, además de con las penas establecidas en los citados cánones, con la suspensión o privación del mismo beneficio, oficio, dignidad, pensión o cargo que puedan tener en la Iglesia. 2. Los clérigos y los religiosos que den su nombre a la secta masónica o a otras asociaciones semejantes, deben además ser denunciados a la Sagrada Congregación del Santo Oficio”.

Recientemente, en el pontificado del santo Papa, Juan Pablo II, se renovó esta condena en otros términos con la publicación, en 1983, del nuevo Código de Derecho Canónico, concretamente en el c. 1374: “Quiénes se inscriban en una asociación que maquina contra la  Iglesia debe ser castigado con una pena justa; quien promueve o dirige esa asociación debe ser castigado con entredicho”. Pero ante la ambigüedad que este canon suscitó en algunos ambientes al no mencionar expresamente a la masonería, fue necesario un nuevo pronunciamiento. Éste llegó el 26 de noviembre del 1983 de la mano de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, en la declaración Quaesitum est, firmada por Juan Pablo II y Joseph Ratzinger.

A pesar de todos estos pronunciamientos la masonería se fue propagando, cual mancha de chapapote, por todas las naciones europeas, subvirtiendo el orden establecido, descristianizando las sociedades, maquinando contra los gobiernos y sistemas políticos. En el s. XIX dio el salto a Hispanoamérica de manos de los futuros “liberadores” de la misma frente al “yugo” español, todos ellos educados en España e influenciados por las logias masónicas ibéricas, lo que conduce a pensar que la independencia de los territorios de ultramar, nunca colonias, fue una decisión masónica para debilitar a la, entonces, católica España. La destrucción de ésta llegaría unos años después.

Continuará….

 

Guy Fawkeslein. Dominus Est

 

*permitida su reproducción mencionando a DominusEstBlog.wordpress.com

 

ENLACES RELACIONADOS:

EL TRIGO Y LA CIZAÑA (I). [Primera parte]

TRIGO Y CIZAÑA (II). ¿Podremos salvarnos si por miedo o por vergüenza omitimos anunciar el Evangelio?

TRIGO Y CIZAÑA (III). Un enemigo fue y sembró cizaña.

TRIGO Y CIZAÑA (IV). Él les dijo: “Un enemigo lo ha hecho”

TRIGO Y CIZAÑA (V). Repercusiones teológicas de la cizaña.

TRIGO Y CIZAÑA (VI). Consecuencias políticas de esta cizaña

 

 

 

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