CUANDO LA TEOLOGÍA DEBE GUARDAR SILENCIO: Una reflexión sobre una enseñanza de San Buenaventura

Por Mons. Charles Pope. Julio 2017.

Los santos a menudo dicen cosas atrevidas e incluso “peligrosas”. Ellos son capaces de hacer esto porque sus oyentes y lectores dan por sentado su ortodoxia y santidad. Como resultado, son capaces de usar la hipérbole o hablar con la audacia y sensatez que una persona inferior sería incapaz de realizar.

Consideremos por ejemplo, a San Atanasio, que escribió una vez: “Porque el Hijo de Dios se hizo hombre para que pudiéramos llegar a ser Dios” (De inc. 54, 3). En sí mismo, este tipo de coloquio es riesgoso; el hombre no puede ser Dios ni convertirse en un dios. Sin embargo, nadie podría suponer que, el modelo de la ortodoxia, el autor del Credo de Atanasio, el que casi a solas salvó a los obispos de la herejía arriana, fuera él mismo culpable de herejía.Al contrario, sus palabras fueron entendidas en la manera poética y colorida que él designó. Claramente estamos “divinizados” sólo en un sentido cualificado y subordinado. Sólo por nuestra pertenencia al Cuerpo de Cristo participamos en Su naturaleza divina. Santo Tomás de Aquino reflexionó sobre la atrevida declaración de Atanasio: El Hijo unigénito de Dios, queriendo hacernos partícipes de su divinidad, asumió nuestra naturaleza, para que él, habiéndose hecho hombre, pudiera hacer dioses a los hombres (Opusc. 57, 1-4 ).

Sí, los santos dicen cosas atrevidas. Hoy me gustaría reflexionar sobre una cita de San Buenaventura. Primero, no obstante, consideremos cierto lenguaje que utilizó, extraído de tiempos bíblicos.

En la Escritura hay una manera “absoluta” de hablar que muchos de nosotros modernos no comprendemos. Por ejemplo, Jesús dice (citando Oseas 6, 6), porque yo deseo misericordia no sacrificio (Mateo 9, 13). Para aquellos desentendidos en lenguajes judíos y bíblicos, el significado parecería ser, “Omitir todo el sacrificio; Dios sólo quiere que seas amigable”. No obstante, eso no es el punto del lenguaje, que significa más exactamente esto: “Practiquen la misericordia sin descuidar el sacrificio, porque el sacrificio está al servicio de la misericordia”. Todos nuestros rituales apuntan a alguna parte y tienen el objetivo de atraernos hacia una mayor caridad para Dios y el prójimo. Caritas suprema lex (La caridad es la ley suprema). Aunque la caridad es la ley más alta, eso no significa que sea la única. El lenguaje básico judío y bíblico es el siguiente:

“Deseo A, no B.”

 

Esto significa que A es la meta, no B.

Sin embargo, B no debe ser descuidado porque es un medio o una forma de A (la meta).

Con todo esto en mente, meditemos sobre una enseñanza de San Buenaventura, que escribió algo muy audaz, incluso riesgoso. Debido a que él es un santo, debemos concederle la libertad que no daríamos a los hombres inferiores. Como santo que es, pondera la verdad y es completamente respetable. En su santidad, sus pensamientos van a donde las palabras ya no “funcionan”. En cierto sentido, debe utilizar nuestras categorías para que no nos encerremos en ellas y olvidemos que Dios es más grande que las palabras o lo que los pensamientos humanos pueden expresar.

San Buenaventura escribió sobre una especie de “pascua” que debemos hacer en donde debemos pasar del mundo de las palabras, categorías, imágenes, y nociones preconcebidas; a Dios, que esta místicamente más allá de todo eso. Es un momento en que la “ología” (palabras) de nuestra teología debe dejar de lado a los Teos (Dios) de nuestra Teología. A medida que leas esta cita, recuerda las advertencias y el contexto que acabamos de revisar, especialmente en relación con la expresión “deseo A, no B”.

 

Para que nuestra Pascua sea perfecta, debemos suspender todas las operaciones de la mente y transformar el máximo de nuestras afecciones, dirigiéndolas solamente a Dios. Esta es una experiencia mística sagrada. No puede ser comprendido por nadie salvo que se entregue a ello; ni puede entregarse a ello a menos que él sienta anhelo por ello; ni puede anhelarlo a menos que el Espíritu Santo… inflame su recóndita alma…

Si preguntan cómo pueden ocurrir estas cosas, busquen la respuesta en la gracia de Dios, no en la doctrina; en el anhelo de la voluntad, no en el entendimiento; en los suspiros de la oración, no en la investigación; busquen al esposo no al maestro; Dios y no el hombre; oscuridad no luz del día; y no miren la luz, sino más bien al fuego enardecido que lleva el alma a Dios con intenso fervor y amor radiante. El fuego es Dios [Del Viaje de la Mente a Dios, por San Buenaventura, obispo (Cap. 7, 1.2.4.6: Opera omnia 5, 312-313)].

 

Los lectores indoctos se estremecen ante las aparentes dicotomías: gracia no doctrina, anhelo no entendimiento, suspiros no investigación, novio no maestro, oscuridad no luz del día.

Pero es por eso que analizamos el lenguaje de antemano. “Deseo A, no B” significa que B sirve A, no que B es de ningún valor. Así, la doctrina conduce y sirve a la gracia. Nuestras enseñanzas apuntan a alturas donde las palabras ya no son suficientes. Nuestro entendimiento e intelecto inspiran la voluntad de desear a Aquel a quien nuestras mentes nunca podrían contener o comprender plenamente. Aunque el Señor es el gran maestro y rabino, ninguna novia llama a su esposo “maestro”, o “médico”. Ella lo llama su amado; el corazón capta cosas que la mente no entiende.

Por lo tanto, nuestro objetivo no es la doctrina (preciosa y necesaria aún así lo es). Nuestro objetivo es Aquel a quien la doctrina señala con razón. Doctrina es la hoja de ruta, no el destino.  ¡Sigue el mapa! Es una tontería intentar inventar nuestra propia religión. Sí,  ¡sigue el mapa! Pero recuerda, el mapa no es el objetivo; no es el destino. Dios es la meta y el destino deseado, y Él no puede ser reducido a nuestras palabras o categorías.

El gran teólogo Buenaventura conocía los límites de la teología. La teología hace las introducciones y establece el fundamento, pero llega un momento para el silencio y una noche oscura de los sentidos e incluso del intelecto. Ahora el corazón y la luz ardiente del Espíritu Santo de Dios deben hacer Su obra. No invalidará la doctrina, sino que la edificará y la trascenderá.

San Pedro habla a este mismo proceso:

Nosotros mismos escuchamos esta voz, venida del cielo, estando con Él en el monte santo.

Y así se nos hace más firme la palabra de los profetas, a la cual hacéis bien en prestar atención, como a lámpara que luce en lugar oscuro, hasta que despunte el día y se levante en vuestros corazones el lucero de la mañana. (2 Pedro 1, 18-19).

Sí, los profetas y las enseñanzas deben ser atendidos; son como una lámpara que brilla en un lugar oscuro. Pero llega un momento en que esas enseñanzas son confirmadas y una luz más grande resplandece, la Estrella de la Mañana se eleva en nuestros corazones. La verdad de la doctrina da paso a la Verdad misma, que es también el Camino y la Luz.

Escucha a Buenaventura; escucha a Pedro. El Credo es esencial. ¡Memorízalo y no te atrevas  ir a inventar tú propia religión! Pero llega un momento en que el credo se hace a un lado y, señalando a Dios, dice: “Él es de quien yo hablo. Id a Él y póstrate en silencio a Sus pies.”

 

[Traducción de R. Linares. Dominus Est. Artículo original]

*permitida su reproducción mencionando a DominusEstBlog.wordpress.com

 

 

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