TRIGO Y CIZAÑA V. Repercusiones Teológicas de la cizaña

Por Guy Fawkeslein. Dominus Est. 2 de Agosto de 2017.

 

Repercusiones teológicas de la cizaña

Hasta aquí el desarrollo histórico del “caso Lutero”. Vamos ahora a exponer su semilla del mal plantada, desde entonces, en el mundo. Los principios luteranos se pueden definir como: sola fide, sola scriptura, sola gratia, solus Christus. Aparentemente parecen inofensivos – como los discursos del diablo -, pero bien analizados suponen la consecuencia del pesimismo antropológico que sacude toda la teología luterana. El pecado original ha destruido la naturaleza humana de tal manera y hasta tal punto, que nada puede hacer para su salvación: la sola fide es consecuencia del rechazo de Lutero a la razón humana, a la que califica de “prostituta”, estas son sus palabras: «Pero desde que la novia del demonio, la Razón, esa bella prostituta, interviene y se cree que es sabia, y que lo que dice, lo que piensa, viene del Espíritu Santo, ¿quién puede ayudarnos, entonces? Ni los jueces, ni los médicos, ningún rey ni emperador, porque [la Razón] es la mayor puta del diablo» o estas otras «la razón es la mayor prostituta del diablo; por su naturaleza y manera de ser es una prostituta nociva, devorada por la sarna y la lepra, que debería ser pisoteada y destruida, ella y su sabiduría… Es y debe ser ahogada en el bautismo… merecería que se la relegase al lugar más sucio de la casa, a las letrinas».

Como parte del ser humano, la razón y el pensamiento no son ajenos a la acción del pecado en el hombre. Todo ejercicio intelectual de cara a interpretar los datos que la Escritura ofrece no será sino una injusta adulteración de la misma, por ello solo resta prescindir de la razón e interpretar literalmente la Escritura. Este primer principio conlleva la negación de todo aquello que suponga interpretación humana (que siempre será errónea) y por tanto el desprecio de las sentencias de los Padres, doctores, concilios, papas y teólogos que acometieron esta empresa. Sin embargo, Lutero propuso el libre examen de la Escritura, esto es, que cada cristiano fuera intérprete autorizado de la Palabra de Dios. Pero esto, que parece muy bonito, contiene una contradicción con el principio anterior: si para Lutero la razón, y por tanto el pensamiento, están corrompidos por la acción del pecado original ¿con qué interpretamos la Escritura? Y si ésta ha de ser una interpretación literal ¿qué se va a interpretar? En definitiva, Lutero buscaba justificar sus errores interpretativos y dogmáticos queriendo, más que interpretar, usar la Escritura a su conveniencia. Para ello no dudó en eliminar algunos libros de la misma. La consecuencia es que cuando el luteranismo fue cuajando, éste fue creando estructuras eclesiales con sus dogmas y liturgias indicando la línea interpretativa a seguir eliminando, así, todo libre examen de la Escritura entre los cristianos protestantes.

 

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Otro punto importante del pensamiento luterano es su concepción de la libertad humana expresado en su “teología de la cruz”. Grosso modo, podemos decir que para él, la libertad humana es un puro nombre, un “figmentum sine re”, esto es, algo sin contenido real, puro nominalismo. El hombre esta tan viciado por el pecado original que no puede obrar sino pecados y cualquier acto bueno será una concesión divina pero nunca mérito humano. Otra clara muestra del pesimismo antropológico de Lutero. Y sin libertad ¿qué nos queda?, ¿qué es el hombre? Si el don de la libertad de los Hijos de Dios es eliminado del horizonte humano y, por tanto, está esclavizado por el pecado ¿se le puede imputar algún pecado?, ¿es responsable el hombre de sus actos ante Dios? , ¿Dios nos mantiene encerrados en su cólera?, ¿la obra redentora de Cristo no ha tenido ningún efecto entre nosotros? como vemos, son muchos los interrogantes que esta cuestión nos abre.

Pero quizá el punto más sangrante de la nueva teología de Lutero es su concepción de la gracia y la justificación. Lutero había dicho que el pecado original había tenido un efecto devastador en el hombre. La naturaleza humana había quedado totalmente destruida por lo que poco o nada podía hacer para salvarse. Ante este pesimismo antropológico, Lutero propone el concepto de justificación foránea o externa, es decir, que Dios mira a su Hijo muerto en la cruz y hace la vista gorda hacia nosotros, perdonándonos externamente, pero por dentro seguimos igual de corruptos y pecadores. Lógicamente, esto supone una acción arbitraria de Dios en nosotros, una limitación de su poder y una injusticia ajena al sentir y al parecer de la Escritura.

Ante esta posición de Lutero, el Concilio de Trento redactará su “Decreto sobre la justificación”. Este documento ha sido calificado como la joya del Concilio. Tiene un valor incuestionable puesto que su contenido es de plena actualidad y nunca ha sido ni cuestionado ni enmendado por nadie.

La justificación se inserta en la misma Historia de la Salvación. Por el pecado de los primeros padres, todos éramos reos de la ira divina (cf. Ef 2,3), éramos esclavos del pecado (Rom 6,20). Pero Dios mismo, movido por su misericordia y su compasión, llegada la plenitud de los tiempos (cf. Gal 4,4), envió a su propio hijo para que el mundo fuera salvado por Él (cf. Jn 3, 17). Por Él fuimos hijos adoptivos de Dios (cf. Gal 4,5). Cristo mismo se hace ofrenda y víctima de propiciación por nuestros pecados como lo recoge el discurso sacerdotal de Juan 17.

Esta ofrenda de Jesucristo es causa de mérito infinito ante Dios Padre, quien se complace en su Hijo amado (Mt 3, 17). Los efectos salvíficos del misterio pascual de Jesucristo se han dado de una vez para siempre, es lo que se denomina redención objetiva, pero cada uno de nosotros ha de apropiarse de ellos, ha de hacerlos suyos, es lo que llamamos redención subjetiva. Nosotros aquí nos centramos en esta última, dado que la justificación vendrá en la medida en que por nuestra fe y nuestras obras nos aprovechemos de los méritos de Cristo en su Pasión-muerte y resurrección. La redención, pues, si bien es universal, solo le aprovecha quien se lucra de ella, de ahí el cambio en la traducción de las palabras de consagración del cáliz, “por muchos” en lugar de “por todos los hombres”.

El mismo concilio dice que la justificación en los adultos deviene de la gracia de Dios preveniente por medio de Cristo Jesús y explica “la vocación, por la que son llamados sin que exista mérito alguno en ellos, para que quienes se apartaron de Dios por los pecados, por la gracia de Él, que los excita y ayuda a convertirse, se dispongan a su propia justificación, asintiendo y cooperando libremente a la misma gracia, de suerte que, al tocar Dios el corazón del hombre por la iluminación del Espíritu Santo, ni puede decirse que el hombre mismo no hace nada en absoluto al recibir aquella inspiración, puesto que puede también rechazarla; ni tampoco, sin la gracia de Dios, puede moverse, por su libre voluntad, a ser justo delante de Él”.

La única condición para ello es acercarse con plena confianza a Dios misericordioso que perdona los pecados (cf. Mt 9,2; Mc 2,5), un trono maravilloso, a millares de ángeles en fiesta y a una sangre que habla mejor que la de Abel (Heb 12, 22-24). En definitiva, la disposición para enderezar el corazón (cf. 1 Sam 7,3).

Si para Lutero, Dios, mirando a su Hijo muerto en la cruz, hacía la vista gorda hacia nuestros pecados, Trento afirma que su Pasión fue la que nos mereció a nosotros la justificación, que nos llega por el bautismo. De ahí que se concluya que “la única causa formal es la justicia de Dios, no aquella con que él es justo, sino aquella con que nos hace a nosotros justos”. Es decir, la gracia por la que hemos sido renovados en el espíritu de nuestra mente y no solamente desde fuera, “verdaderamente nos llamamos y somos justos”.

Continuará…

Guy Fawkeslein. Dominus Est

 

*permitida su reproducción mencionando a DominusEstBlog.wordpress.com

 

ENLACES RELACIONADOS:

EL TRIGO Y LA CIZAÑA (I). [Primera parte]

TRIGO Y CIZAÑA (II). ¿Podremos salvarnos si por miedo o por vergüenza omitimos anunciar el Evangelio?

TRIGO Y CIZAÑA (III). Un enemigo fue y sembró cizaña.

TRIGO Y CIZAÑA (IV). Él les dijo: “Un enemigo lo ha hecho”

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