TRIGO Y CIZAÑA (IV). Él les dijo: “Un enemigo lo ha hecho”

Por Guy Fawkeslein. Dominus Est. 31 de Julio de 2017.

 

«Él les dijo: “Un enemigo lo ha hecho”»

 

Primera cizaña: Lutero

Y el momento llegó. Y acaeció en el s. XVI. Un siglo que no pasará desapercibido en la historia de la humanidad. Estamos en el imperio de Carlos I de España y V de Alemania, el imperio más grande hasta ahora edificado tras el de Roma, y que comenzaba su expansión a las tierras de ultramar; por eso, y con gran verdad, Felipe II, hijo y heredero de Carlos, pronunció aquella frase de que en su imperio jamás se ponía el sol.

 

Pero la paz del imperio no estaba asegurada, pronto germinará la semilla de la cizaña. En concreto lo hará el 31 de octubre del 1517, vísperas de la solemnidad de Todos los Santos. En ese día un fraile agustino del convento de Wittemberg, llamado Martin Lutero, clavaba en la puerta de la iglesia de aquella universidad un panfleto con 95 tesis acerca de la predicación sobre las indulgencias que se estaba llevando a cabo aquel año en la cristiandad entera. Pero…analicemos quién es este personaje y por qué su obra fue tan influyente.

 

Martin Lutero nació en Eisleben en 1483, estudió filosofía en la universidad de Erfurt, de clara influencia ockamista, corriente creada por Guillermo de Ockahm según la cual, grosso modo, la voluntad humana está por encima de la influencia de la gracia. Recibió el grado de maestro. Una vez terminado, al volver a casa, se ve aterrado por una tormenta fuerte y un rayo que cae cerca de él. Al salir indemne, hizo voto de profesar la vida religiosa, de ahí que al poco tiempo entró en el convento de los Agustinos Eremitas Observantes, en el convento de Erfurt. Hecha su profesión, estudió teología y se ordenó sacerdote, todo ello con la oposición de su padre que bien conocía a su hijo y sabía que esa vida no era para él por su carácter enfermizo e inestable. Fue nombrado profesor de filosofía en la universidad de Wittemberg, aunque se dedicó al estudio de la Sagrada Escritura, bajo la protección del superior de la orden Staupitz, quien protegerá a Lutero más adelante. Luego partió a Roma donde estuvo desde 1510 al 1511, escandalizado de la corrupción moral de la urbe pero incólume en su fe católica.

 

El punto de inflexión en el desarrollo intelectual de Lutero es el llamado “descubrimiento de la Torre” donde, según las crónicas más benévolas, Lutero tuvo una iluminación mística acerca de la justificación del hombre por la fe. Pero la realidad es aún más cruda. Lutero era un hombre atormentado por la realidad del juicio de Dios, psicológicamente era una persona inestable, obsesionada por el sexo y de un deseo pasional irrefrenable. Su mayor tormento eran las masturbaciones a las que llamaba “el aguijón de la carne” de san Pablo. Todo esto, junto y agitado en la coctelera, dio como resultado una concepción radicalmente pesimista del hombre. Según él, y esta es la raíz de toda su doctrina, el hombre tiene una naturaleza corrompida y que sólo la fe o confianza en la aplicación de los méritos de Cristo es causa de la justificación humana. En otras palabras, es una justificación extrínseca o foránea, es decir, sin repercusión ni transformación en el hombre. De ahí que el hombre no pueda hacer nada bueno, ni siquiera usar la razón para entender la fe.

 

De este modo, él comienza a elaborar un complejo sistema de doctrinas que no pasaban de ser comentarios de clases o charlas compartidas con colegas, sobre todo, con uno que luego será seguidor acérrimo de Lutero y aún  más radical que él: Andrés Boden-Stein, llamado Karlstadt, por su ciudad de origen. La ocasión idónea para que sus ideas salieran a la luz la ofreció la predicación de la indulgencia concedida por el papa León X con el fin de hacer acopio de fondos para sufragar la construcción de la basílica de san Pedro en el Vaticano. Y sepan, queridos lectores, que esto era una práctica habitual en aquel tiempo, aceptada por todo el mundo y no se reducía a un puro comercio, ya que aparte de dar la limosna que buenamente se pudiera había que confesarse y comulgar. Además, en virtud de la salvación que alcanzaba a las almas del purgatorio, esta indulgencia se podía aplicar tanto por los vivos como por los que ya murieron.

 

Para Alemania, el arzobispo de Maguncia, Alberto de Brandeburgo, nombró al dominico Juan Tetzel para que predicara la indulgencia. Al llegar Wittemberg y comenzar a predicar, la reacción de Lutero se dilató en el tiempo, pero la víspera de Todos los Santos, como ya se dijo, expuso, según la tradición aunque no del todo probable, sus 95 tesis en la puerta de la capilla del castillo de dicha ciudad. En aquellas sentencias se mezclaba la fiel ortodoxia con otras doctrinas contrarias a las de la Iglesia católica, como son la negación del purgatorio o el poder de la Iglesia para perdonar pecados. También se contenían ataques directos al Papa.

 

Y ¿qué pasó después? Nadie piense que Lutero fue condenado por la Iglesia ipso facto. No. La historia real tiene muchos matices. A las 95 tesis de Lutero, respondió el católico Conrado Wimpina, rector de la universidad de Frankfurt escribiendo las 56 Antitheses a las que Tetzel añadió otras 50. Lutero contrarrestó esta primera reacción publicando un Sermón sobre la indulgencia y la gracia y el libelo Libertad de un sermón sobre la indulgencia. Pronto salió a la palestra otro teólogo católico llamado Juan Eck, quien compuso las Annotationes, donde comparaba a Lutero con las doctrinas de Juan Hus. Esto le sentó muy mal a Lutero. Otros teólogos católicos como Prierias o Hochstraten intervinieron con sus escritos en esta polémica. La más sonada fue durante el capítulo de la Orden de los agustinos donde se pidieron explicaciones a Lutero. Meses más tarde publicaba Resoluciones sobre el valor de las indulgencias, con el fin de aclarar algunos puntos de sus 95 tesis. Pero todas estas polémicas no pasaron del ámbito nacional y académico.

 

El momento crucial fue cuando el arzobispo de Maguncia le planteó el conflicto al papa León X quien, al contrario de lo que se ha pensado, decidió intervenir en el asunto. Encargó a Staupitz, si recuerdan era el superior de los agustinos, que contuviera a aquel fraile. Pero éste que era el mayor protector de Lutero obvió la encomienda. En el 1518 llamó a Lutero a presentarse a Roma pero gracias a la intervención del príncipe elector Federico de Sajonia, entusiasmado éste como estaba con Lutero, lo impidió consiguiendo que el juicio se desarrollara en Augsburgo. El cardenal Cayetano fue enviado como legado papal para discutir con Lutero su doctrina. Este evento se llama “la dieta de Augsburgo” y duró del 12 al 18 de octubre de ese año. Dado el escaso éxito de aquello, Roma publicó una bula donde se precisaban los puntos dogmáticos erróneos sobre las indulgencias.

 

Otro hito importante, es la llamada “Disputa de Leipzig”. Este hecho fue convocado por Karlstadt desafiando a Juan Eck a una disputa pública sobre los aspectos cuestionados. Se desarrolló entre junio y julio de 1519. Estos dos teólogos estuvieron semanas discutiendo y cuando todo apuntaba a una estrepitosa derrota del protestante, Lutero tomó la palabra y combatió ferozmente contra Eck. Lógicamente, ni Lutero ni sus partidarios se avinieron a la fe católica, pero la gran victoria del contrincante católico fue desenmascarar a aquel lobo con piel de cordero al obligarle a admitir que algunos puntos condenados en el concilio de Constanza eran católicos y que la única fuente de la Revelación era la Escritura, rechazando la autoridad tanto de los concilios y de los papas.

 

Pero el verdadero éxito de aquella disputa no ocurrió el mismo día, sino después: el duque Jorge de Sajonia se reafirmó definitivamente en la fe católica. Las universidades de Colonia y Lovaina, árbitros de aquella contienda, fallaron contra Lutero mientras que las de París y Erfurt dilataron su fallo unos meses pero al final fueron desfavorables a Lutero. Sin embargo, éste, lleno de soberbia a causa de la humillación sufrida por la derrota, no se avino a la fe ni reconoció su error sino que emprendió una campaña de desprestigio hacia la Iglesia católica haciéndola ver como la enemiga de Alemania. Esto dio pie a que los príncipes alemanes, que buscaban la ocasión de romper con el dominio de Carlos V, tomaran la doctrina de Lutero como pretexto para sus aspiraciones nacionalistas.

 

Cuando en el año 1520 fueron llegando a Roma las diversas condenas e informes desfavorables de las universidades contra las ideas luteranas, Lutero reaccionó con tres obras que condensan el pensamiento del mismo: A la nobleza cristiana de la nación alemana sobre la reforma del estado cristiano, De la cautividad babilónica de la Iglesia, De la libertad cristiana. Así, tras ser examinadas todos estas obras, el 15 de junio de 1520 se decreta la bula Exurge, Domine donde se resumen los principales errores de esta nueva doctrina unos se condenan como heréticos y otros como simplemente falsos y escandalosos. Se pedía, además, la retractación de Lutero y así poder zanjarse felizmente el asunto. Sin embargo, Lutero respondió escribiendo un libelo titulado Contra la bula del anticristo y el 10 de diciembre de 1520 quemaba la bula pontificia en presencia de un grupo de profesores y estudiantes en Wittemberg. Junto a la bula quemó el Código de Derecho Canónico y escritos de Juan Eck. Así pues, tristemente el final de este proceso se consumó con la bula de excomunión Decet Romanum Pontificem, promulgada el 3 de enero del 1521.

Continuará…

 

Guy Fawkeslein. Dominus Est

 

*permitida su reproducción mencionando a DominusEstBlog.wordpress.com

 

ENLACES RELACIONADOS:

TRIGO Y LA CIZAÑA (I). [Primera parte]

TRIGO Y CIZAÑA (II). ¿Podremos salvarnos si por miedo o por vergüenza omitimos anunciar el Evangelio?

TRIGO Y CIZAÑA (III). Un enemigo fue y sembró cizaña.

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