Porqué combate Roma al cristianismo estadounidense

Por Matthew Schmitz, en CATHOLIC HERALD.

 

Los asesores del Papa han puesto en su mira al cristianismo estadounidense, he aquí y la razón por la cual este asunto es significativo

Publicado el jueves 27 de julio de 2017

En 1866, cuando el secretario de estado del Papa Pio IX se enteró de la derrota de los Habsburgo en la batalla de Sadowa, exclamó «Casca il mondo!» —el mundo se desmorona. «Dios mío», exclamaba con las manos en el rostro, « ¿Qué será de nosotros?». Durante décadas, los Papas se habían posicionado como el apoyo espiritual de las potencias europeas ante el reto revolucionario, y la derrota de los Habsburgo ponía en entredicho la supervivencia misma de la Iglesia.

 

Hoy en día, desafíos tan dispares como [Jeremy] Corbyn, Putin, ISIS y Trump provoca en el liderazgo del orden liberal —fundado en fronteras abiertas, el libre comercio y el pluralismo secular— una sensación de asedio. La noche de la elección de Donald Trump, Gérard Araud, el embajador francés en Estados Unidos, escribió en su cuenta de Tweeter, «después del Brexit y de esta elección, todo es posible. El mundo se desmorona ante nuestros ojos». Florian Philippot, el agudo asesor de Marine Le Pen, replicó: «su mundo se desmorona. El nuestro está en construcción». Y, una vez más, se propone abiertamente al Pontífice, fue como el baluarte de las bamboleantes  potencias. El P. Antonio Spadaro, un asesor cercano al Papa Francisco, tuiteó, «¿Quién es el líder moral del mundo en este momento? ¿Quién lidera el camino?  Una voz sobresale y continua emergiendo».

 

Los partidarios de Francisco lo consideran como un sostén indispensable de un sistema político excepcionalmente justo,  y en una serie de discursos acerca de Europa Francisco ha asumido ese papel, argumentando que con la formación de la Unión Europea, Europa finalmente «encontró  su verdadero ser». Europa siempre ha poseído «una identidad dinámica y multicultural», mas no fue sino hasta después de la Segunda Guerra mundial que esa identidad se encarnó en sociedades «libres de conflictos ideológicos, con espacios tanto para el natural como para el inmigrante, para el creyente y el no creyente».

 

Francisco realza la diversidad por sobre la identidad y el diálogo por sobre el acuerdo. («Si existe una palabra que jamás debemos cansarnos de repetir, es esta: diálogo»). Esta —descontando todo lo demás que comparte con sus correligionarios—  es una cosmovisión contrapuesta a la de Benedicto XVI, quien instó a los europeos a «ceñirnos a nuestro patrimonio de lo sagrado», advirtiendo que el «multiculturalismo, que se promueve tan apasionadamente, a veces asciende a abandonar y negar, a huir de aquello a lo cual pertenecemos». Benedicto XVI considera que la Iglesia y el orden liberal coexisten en una relación profundamente ambivalente. Francisco parece ser más optimista de que estos dos sistemas pueden colaborar, esto quizás  se debe a que desea una Iglesia liberal y una política liberal —cada uno ratificando al otro en una especie de integrismo invertido.

 

El integrismo fue un sistema en el que Iglesia y estado colaboran para asegurar la paz en esta vida y la salvación en la próxima. Joseph de Maistre lo defendió con una fórmula que vincula al Papa y al rey: «No hay moral pública ni carácter nacional sin religión, no hay religión europea sin cristianismo, no hay verdadero cristianismo sin catolicismo, no hay catolicismo sin Papa, no hay Papa sin la preeminencia que le pertenece». El concepto de que el Estado debe estar subordinado a la Iglesia era esencial a este arreglo.

 

Hoy funciona un nuevo tipo de integrismo, en este la Iglesia se subordina al Estado para conspirar en la defensa de los principios liberales. Si quisiésemos actualizar el silogismo de Maistre, tendríamos algo parecido a esto: sin bienes de consumo baratos y sin evitar el genocidio no hay liberalismo, no hay liberalismo sin cristianismo verdadero, no hay verdadero cristianismo, sin una Iglesia anti dogmática, no hay Iglesia anti dogmática sin un Papa liberalizante, no hay Papa liberalizante sin emancipación de la tradición y sin rendir cuentas a nuestra época.

 

Es en este contexto en el que se debe entender la reciente embestida del Vaticano contra los Estados Unidos en el órgano papal oficioso, La Civiltà Cattolica. Escrito por el P. Spadaro y por Marcelo Figueroa, otro allegado del Papa, el artículo no es meramente una expresión de rencor anti norteamericano o un ataque a enemigos eclesiales; se intenta defender ahí el orden liberal contra lo que se percibe, con razón o sin ella, como una amenaza existencial.

 

Spadaro y Figueroa creen que los católicos y los evangélicos norteamericanos se asemejan a ISIS, que han formado un «culto del Apocalipsis» en el cual la «comunidad de los creyentes (la fe) se transforma en una comunidad de combatientes (la lucha)». Bajo este culto del Apocalipsis subyace un «maniqueísmo político», un afán por identificar «lo que es bueno y lo qué es malo», que en última instancia «deslinda la realidad entre un mal absoluto y un bien absoluto». Spadaro y Figueroa enfocan su censura en un sitio web periférico llamado Church Militant (Iglesia Militante) —quizá no tanto por su influencia (que es limitada) como por su belicoso nombre.

 

Si un natural, interrumpido en sus labores por un Colón o un Pizarro,  hubiese leído los relatos que aquellos exploradores enviaban a casa, habría quedado tan asombrado como yo al leer el artículo. El error y la exageración florasen conforme los autores exploran un paisaje desconocido. Antaño se esperaba que los páramos y desiertos norteamericanos revelaran El Dorado fulgurante; hoy en día, sitios web ignotos y pensadores olvidados gozan de importancia capital. El ideario de un riachuelo se sonda como si fuese un estrecho interoceánico mientras que se descarta el Mississippi. Se arremeten posiciones que nadie defiende, y la masacre resultante se describe como una victoria famosa. Los autores se dicen heraldos del Príncipe de la Paz, y los nativos son salvajes pintarrajeados con sangre.

 

Sin embargo, a pesar de todos sus errores, Spadaro y Figueroa parecen haber dado con algo auténtico. Los estadounidenses son más indulgentes en cuanto a la religión y a la violencia que sus contrapartes europeas. Desde la oración en las canchas de juego a las leyes que permiten portar armas —o sea desde la Primera Enmienda de la Constitución a la Segunda— los estadounidenses jamás parecen deambular  muy lejos ni del cielo ni del infierno.

 

Spadaro probablemente se percató de esto en la obras de la autora y apologista católica Flannery O’Connor, acerca de quien él mismo ha escrito. No obstante, el pensador que ha considerado más a fondo el contraste de enfoques acerca de la religión y la violencia en los Estados Unidos y en Europa es el politólogo francés Pierre Manent. «Para los europeos la abolición de la pena de muerte es una expresión sumamente elocuente, muy cercana a su corazón, a su identidad y a ciertos principios característicos», escribe. «Europa considera casi incomprensible la retención de la pena de muerte en los Estados Unidos».

 

No se debe al azar que Estados Unidos se siente más a gusto cuando se trata de la religión o la violencia; extrañamente y de cierta manera, los dos van del brazo. Únicamente cuando un juicio moral público es potencialmente legítimo puede justificarse la violencia pública, o ratificar se las distinciones dogmáticas. Tradicionalmente, el estado «podía causar la muerte del cuerpo, de la misma forma que la Iglesia gobernaba a favor de las almas y sobre estas y por lo tanto podía causar la muerte del alma». Hoy, los líderes europeos dudan de la legitimidad de esos juicios y, por lo tanto, explica Manent, al igual que la Iglesia, «paulatinamente el Estado laico se seculariza». Ninguna autoridad tiene derecho a decir quién es digno de recibir la Comunión y quién no lo es, quien puede vivir y quién debe morir.

 

Los estadounidenses no están seguros de que es aconsejable prescindir de tales juicios. «Ya que el riesgo de una muerte violenta a manos de otros jamás desaparece totalmente, el derecho a la legítima defensa no puede desaparecer completamente», es así que existe la pena de muerte y la enmienda que permite portar armas. Spadaro y Figueroa condenan esto como una versión sanguinaria del antiguo integrismo, mientras que para Manent es simplemente el reconocimiento de un hecho inevitable.

 

La brutalidad de los Estados Unidos es aún más desconcertante para los europeos ya que es más rico y se encuentra menos atormentado por su pasado que las naciones del viejo continente. Más avanzado y más primitivo a la vez, los Estados Unidos es una señal inquietante de que ninguna dosis de progreso será suficiente para contrarrestar los efectos del Pecado Original.

 

Spadaro y Figueroa esperan superar el conflicto y el sufrimiento. Sueñan con la «inclusión, la paz, el encuentro y puentes», con «trabajar contra “los muros” y cualquier clase de “guerra religiosa”». Se suman a Francisco cuando se niega a decir «quién tiene razón y quién está equivocado» ya que «el meollo de los conflictos es siempre  una lucha por el poder».

 

Cuando tantas dulces esperanzas se expresan en un ensayo repleto de retórica vehemente y un dualismo austero, la probabilidad de su materialización parece ser realmente diminuta. Sin duda hay mucho que se puede criticar de Estados Unidos en la actualidad. ¿Mas son acaso los estadounidenses una aberración por creer que es inevitable que se aluda a la violencia ya a la religión en política, o son acaso los europeos los aberrantes por creer que es inconveniente hacerlo?

 

El Papa Francisco y sus asesores creen que la Iglesia debe defender el sistema de fronteras abiertas y la diversidad jubilosa ejemplificada por la Europa liberal. Hay mucho en ese arreglo que un católico debe valorar, pero cuando el odio a las fronteras se extiende a negarse a poner un barandal[1] frente al altar, y la aversión a las divisiones abruma las distinciones dogmáticas, la Iglesia demuestra ser tan vulnerable como el mundo al que se aferra.

 

Sin embargo, el temor de que la Iglesia se vendrá abajo con el mundo que se derrumba es infundado. Algún día el orden que Francisco promueve, al igual que aquel bendecido por Pío IX, se desplomará; sin embargo, el Cuerpo de Cristo, sin duda vapuleado por el conflicto, perdurará.

Matthew Schmitz

 


 

Matthew Schmitz es editor literario de la revista First Things y becario Robert Novak en periodismo.

 

[Traducción de Enrique Treviño. Dominus Est. Artículo original]

*permitida su reproducción mencionando a DominusEstBlog.wordpress.com

 

[1] Comulgatorio.

 

Portada: Catholic Herald

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