REPERCUSIONES DE UN FUNERAL. Lo que no se ha dicho sobre el funeral del Cardenal Meisner

COLABORACIONES

 

Por Guy Fawkeslein. Dominus Est. 19 de Julio de 2017. PARTE I.

El solemne funeral del cardenal Joachim Meisner no deja de dar qué hablar. El que fuera pastor de la Iglesia que peregrina en Colonia (Alemania) durante 26 años moría en la paz del Señor la madrugada del 5 de julio de este año mientras, según testigos, rezaba la Liturgia de las Horas. Sus exequias fueron celebradas con el fasto que requiere un buen pastor y el gusto sobrio y cuidado del catolicismo alemán, el pasado 15 de julio en la catedral de la diócesis de la que había sido arzobispo. Su entierro fue presidido por el actual cardenal arzobispo, Mons. Woelki y la homilía corrió a cargo del cardenal Péter Ërdo, arzobispo de Budapest, primado de Hungría.

Más que una ceremonia a se, fue una explosión estética y profunda del misterio de Dios desplegado en los ritos, gestos y símbolos de los que la liturgia romana católica se vale para expresar aquello que anhelamos y que sólo oteamos tras los velos que éste se impone. Los ornamentos usados por los ministros fueron negros con detalles dorados para mejor expresar la pascua de Cristo que experimentamos en el amargo trance de la muerte. Un poder que adviene a nosotros en medio del drama, pero que nos purifica y nos da la vida eterna mientras aguardamos la vuelta del Señor glorificado. La liturgia estaba perfectamente milimetrada y sus ritos convenientemente adaptados a los cantos que los arropaban. La música (obras de Fauré o Mozart) interpretada por la orquesta y el coro se alternaba con el sublime canto de la asamblea que hacía retumbar las paredes de la catedral al entonar esos hermosos himnos que hacen única la piedad y el fervor germánicos. Sin duda, Meisner no solo tuvo la muerte que deseó sino el funeral que su vida mereció.

Pero esta crónica de hechos creo que ya la habrán leído en más sitios y poco o nada puede aportarnos. Sin embargo, permítanme que me detenga en algunos aspectos que han concurrido en la celebración, que por sí solos no tienen nada de especial pero que puestos en conjunto son bastante elocuentes.

Dice el Señor en el Evangelio según san Juan que “si el grano de trigo no cae en tierra y muere no da fruto, pero si muere da mucho fruto” (cf. Jn 12,24). Y, efectivamente, la muerte del cardenal Meisner ha sido el granito que ha hecho eclosionar la planta que comienza tímidamente a ir brotando en la Iglesia, que no es otra que esta: vayan cayendo las vendas de los católicos temerosos que se niegan a ver la posibilidad de un cisma callado y sin ruido que está siendo provocado por quien debería ser el vínculo de comunión y quien confirmara a sus hermanos en la fe (cf. Lc 22,32).

En primer lugar, veamos quiénes estaban a izquierda y derecha del presidente de la celebración y qué rol tenía cada uno. A la derecha del cardenal Woelki nos encontramos al presidente de la conferencia episcopal alemana y arzobispo de Munich, el cardenal Reinhard Marx quien se ha destacado por ser uno de los promotores de abrir a los divorciados vueltos a casar el acceso a la sagrada comunión, así como de otras fechorías como el matrimonio homosexual o el sacerdocio femenino. A la izquierda del presidente, se encontraba el defenestrado Müller, que hasta hace unos días había sido el prefecto para la Doctrina de la Fe; y a su lado el encargado de la homilía, el cardenal arzobispo de Budapest, Péter Ërdo, uno de los que apoyaron a los cuatro cardenal de los “dubia” presentado al Papa, del cual Meisner fue uno de ellos. Por su vinculación y amistad, el cardenal Ërdo fue el encargado de pronunciar la homilía en el entierro de Meisner, pero Müller lo fue en el cuadragésimo aniversario de la ordenación episcopal del mismo. Por tanto dos insignes prelados ligados muy estrechamente por lazos de amistad a Meisner y que no han dudado en hacer frente común junto con él ante la edulcoración que la fe está sufriendo.

También, por razón del cargo, se encontraba entre los concelebrantes principales el señor nuncio de su santidad en Alemania, Mons. Nikola Eterovic, quien dirigió a los presentes un mensaje enviado por el papa Francisco para ser leído en el funeral. Y aquí viene el segundo detalle. En el entierro de Meisner hubo dos intervenciones de calado: la del nuncio de su santidad que leyó el mensaje de éste y la del arzobispo secretario de Benedicto XVI, Georg Gänswein, quien hizo lo mismo con su representado. Y me parece significativo señalar que la intervención del primero, acaecida al inicio de la celebración, fue correspondida con un sonoro y pavoroso silencio de quien poco le importa lo que le estén diciendo;  mientras que al final de la celebración, cuando Gänswein finalizó su intervención, la catedral entera prorrumpió con un más que elocuente aplauso acogiendo con afecto las palabras sinceras de su amigo Joseph Ratzinger.

Y es que la diferencia entre el uno y el otro es más que conocida por todos. No seré yo quien diga que el Papa se alegra de esta muerte, porque solo el pensarlo me parece cruel y mezquino, pero que con esta defunción tiene ahora un rival menos, ¿quién lo duda? Debemos recordar que uno de los cuatro cardenales de los “dubia” fue precisamente Meisner, quien junto con Brandmüller, Burke y Cafarra se las presentaron al papa allá por septiembre del 2016 y puesto que no hallaron respuesta hicieron pública su carta en noviembre de ese mismo año con, hasta la fecha, idéntico resultado. Así pues, Meisner marchó a la casa del Padre con el desdén y el desprecio de Francisco, el mismo que ha mostrado para relevar a Müller de su cargo. Y la gente con cierta sensibilidad católica “no se chupa el dedo” (como decimos en la antigua Hispania) y reconoce cuándo las palabras nacen del corazón o de la pura diplomacia que se ve obligada a decir lo que toca, cuando toca y como toca. Y las palabras de Francisco nacían precisamente de esta última.

Por el contrario, las palabras dirigidas a los presentes por parte del emérito Benedicto XVI no tuvieron el mismo efecto. Aquellos apreciaron que salían del corazón de un querido amigo de Meisner, un compañero de batallas, un confidente sin comparación. Por eso, el aplauso en la catedral de Colonia fue la reacción espontánea más apropiada y, a fuer de cariño, la única posible que debía darse. De nuevo, el sensus fidelium volvió a expresarse en la Iglesia.

¡Oh Dichosa Muerte de este pro-hombre de la otrora católica Alemania!, si ha servido para que el pastor emérito, mudo y orante en la quietud de su vida en “Mater Ecclesiae”, haya vuelto a rugir con fuerza, cual león de Judá, para hacer que su voz llegue presta a los oídos de los católicos adormilados del mundo entero. Benedicto ha vuelto a hablar, y qué palabras.

Continuará…

Guy Fawkeslein. Dominus Est

 

*permitida su reproducción mencionando a DominusEstBlog.wordpress.com

 

ENLACE RELACIONADO:

Repercusiones de un funeral. SEGUNDA PARTE

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