EL SILENCIO EN LA MISA. Una meditación sobre la Misa Rezada

Por Wilson Gavin. REGINA MAGAZINE.
Fotografías por Beverly Stevens y Elrica D’Oyen-Gebert

 

Tal vez sea un poco inusual, pero lo que más amo de la Misa Tradicional en Latín es el silencio.

La mayoría de los tradicionalistas parecen estar sumergidos en la gloria de la Misa Cantada; en verdad, no hay experiencia en la Tierra que podamos experimentar que nos acerque más al Cielo. Y amo la misa cantada inmensamente. Sin embargo, nada toca más mi alma que el dulce silencio de la misa rezada. Fuera del desierto, el verdadero silencio es imposible de encontrar hoy en el mundo. Pero durante el Canon de la Misa, cualquier día de la semana muy temprano, rodeado por unas cuantas almas que han deambulado alejados del furioso ruido del mundo afuera; es ahí donde tengo más intensamente mis momentos espirituales.

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Si la Misa cantada baja el Cielo sobre la tierra, puede decirse entonces que la Misa rezada es el rito más antiguo de la Iglesia, preservada in situ por dos mil años. Los Apóstoles y los Mártires no pudieron celebrar gloriosas liturgias en inspiradoras catedrales; de hecho; aquellas fueron el refugio de los paganos por un largo tiempo. En resumidas cuentas, las primeras misas celebradas en casas o en tumbas no fueron algo grandioso. Eran simples, austeras, sin embargo el amor y la gracia presentes en ellas inspiraron incontables almas al martirio.

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El silencio de la Misa captura también la tristeza de la Misa. Podemos regocijarnos y alegrarnos en la maravilla de nuestra redención. Al tiempo que recordamos el horrible dolor y tormento que fue necesario para ella. El silencio en la Misa refleja la Semana Santa en su totalidad. El silencio en la Misa es aquel de la agonía de Cristo en el Huerto, de su cuerpo muerto y quebrado en la Cruz, reposando ungido como un rey sobre las frías piedras de la tumba. Esto no es algo que pueda alcanzarse por medio de canciones o fuertes aclamaciones; sólo puede encontrarse en susurros silenciosos y en la callada contemplación de la Cruz. Así como Sión se encontraba despojado y vacío, y su pueblo disperso, el profeta Jeremías creyó conveniente escribir en las Lamentaciones, ‘Bueno es esperar callando el socorro de Dios’ (Lam. 3, 26). En tiempo de lamentaciones y rasgar de vestiduras, Jeremías vio el silencio como la única liberación para la pena. Es sólo en el silencio que realmente podemos meditar la profundidad de los misterios de la Fe. Es un tiempo de sanar, y de encontrar paz.

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No puedo contar el número de veces en las que he ido a misa vernácula con ánimo sombrío (en definitivo soy más un melancólico) para intentar encontrar alguna medida de paz, sólo para encontrar un pastor excesivamente exuberante quien mientras está en el altar insiste en que me mueva desde mi cómoda banca al final para presentarme a mí mismo ante la congregación. No hay experiencia más mortificante que ser interrumpido, mientras se está arrodillado en oración, por la amable ancianita que pregunta si te gustaría ayudar como lector. No precisamente, mi estimada, pero como lo ha preguntado tan amablemente lo haré. En la misa rezada, todo es mucho más sencillo. Entras a la iglesia o a la capilla, y sabes que no serás interrumpido hasta que el último Evangelio [San Juan 1, 1-14] se termine.

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Por extraño que parezca, la misa que cuento como segunda en mis afectos después de la misa rezada no es la misa cantada, sino aquella del Ordinariato. Un querido profesor mío bromeaba a menudo con que yo era más anglicano que católico. Es cierto, amo las campanas y los aromas, los viejos himnos y el lenguaje arcaico, y la fácil comodidad de la misa de Ordinariato, casi tanto como la Forma Extraordinaria. Me hace sentir más bien avergonzado como católico de misa tradicional; siempre pensé que teníamos el monopolio de una liturgia ¡fuera de este mundo! Hay definitivamente una razón por la que el Papa Emérito vio la música y la liturgia de los anglicanos como digna de conservarse. Aún mientras que hay belleza en ella, una belleza trascendente, simplemente no puede compararse a la Misa del Santísimo.

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La misa en latín más cercana para mí por el momento está a 3.000 km de distancia, atravesando Korea del Norte y el desierto de Gobi. Aún tengo misa cada domingo, pero hace que me duela la cabeza. Nunca hay un momento de silencio, nunca hay un momento para una silenciosa reverencia. Parece que Mongolia saltó directamente de su espectacular liturgia del pasado hacia la alegría de los himnos sesenteros. Tal vez eso ha sido poco amable; aquí los sacerdotes y las hermanas son buenos cristianos que han viajado atravesando continentes para difundir el Evangelio. La congregación está compuesta casi en su totalidad por conversos, cuyos rostros se iluminan cuando reciben el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor.

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¿Pero qué no cambiaría por un poco de asombroso silencio? Cuando asisto a misa Novus Ordo con guitarras, canciones cursis y aplausos, me acuerdo de estos versos en Reyes: “Y he aquí que va a pasar Yahvé.” Y delante de él pasó un viento fuerte y poderoso que rompía los montes y quebraba las peñas, pero no estaba Yahvé en el viento. Y vino tras el viento un terremoto, pero no estaba Yahvé en el terremoto. Vino tras el terremoto un fuego, pero no estaba Yahvé en el fuego. Tras el fuego vino un Iigero y blando susurro. Cuando lo oyó Elías, cubrióse el rostro con su manto” (1 Reyes 19, 11-13).

 

El silencio de la Misa es el simple silencio entre el Amado, y Aquel que ama. El silencio de la Misa nos acerca a la presencia de Dios, para que busquemos a Él a quien nuestra alma ama. Para contemplarlo en absorta adoración mientras el sacerdote eleva la hostia, para escuchar las campanas y llorar; esto es la comunión en el más puro sentido. Esto es amor.

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WILSON GAVIN es un chico australiano de dieciocho años viviendo actualmente en Mongolia, donde trabaja como maestro. Después de haberse alejado de la fe a una temprana edad, regresó a través de la Misa Tradicional en Latín y el ministerio de los Carmelitas. Actualmente está en el discernimiento de su vocación para el sacerdocio.

 

[Traducción de Dominus Est. Artículo original]

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