ENTERRANDO A BENEDICTO

Por Matthew Schmitz. FIRST THINGS. 2017

 

A pesar de que Benedicto aún vive, Francisco está tratando de enterrarlo. Después de su elección en 2013, Francisco comenzó a promover una agenda a la que Joseph Ratzinger se opuso durante toda su carrera. Un énfasis sobre lo pastoral y en contra de lo doctrinal, una promoción de diferentes enfoques disciplinarios y doctrinales en las iglesias locales, la apertura de la Comunión a los divorciados y vueltos a casar – todas estas propuestas fueron evaluadas y rechazadas por Ratzinger hace más de 10 años en un acalorado debate con Walter Kasper. Para bien o para mal, ahora Francisco busca revertir a Ratzinger.

El conflicto comenzó con una carta en 1992 referente a “los elementos fundamentales que serán considerados como ya asentados” cuando los teólogos católicos hagan su trabajo. Algunos teólogos sugirieron que, mientras que la doctrina puede ser universal y sin cambios, podría flexibilizarse para satisfacer discretas realidades pastorales – permitiendo un enfoque liberal, dicho sea, en Europa occidental y una más conservadora en África.

A fin de resguardarse de esta idea, el Papa Juan Pablo II y Ratzinger, entonces al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, insistió en que la Iglesia universal era “una realidad ontológica y temporalmente previa a cualquier Iglesia particular”. No habría una diversidad tipo anglicana para los Católicos – no bajo Juan Pablo II.

Detrás de este debate aparentemente académico sobre la Iglesia local y universal, estaba un desacuerdo sobre la Comunión para los divorciados y vueltos a casar. En 1993, Kasper desafió a Juan Pablo II al proponer que cada obispo de manera individual estuviera en posibilidad de decidir dar o no la Comunión a divorciados vueltos a casar. Deteniéndose a hacer un llamado por un cambio en la doctrina, dijo que tendría que haber “lugar para la flexibilidad en casos particulares complejos”.

En 1994, el Vaticano rechazó la propuesta de Kasper por medio de una carta firmada por Ratzinger. “Si los divorciados se han vuelto a casar civilmente, se encuentran a sí mismos en una situación que contraviene objetivamente la ley de Dios. En consecuencia, no pueden recibir la Santa Comunión durante el tiempo en que esta situación persista”. Kasper no estaba dispuesto a retroceder. En un libro conmemorativo publicado en 1999, criticó la carta del Vaticano de 1992, e insistió en la legítima independencia de las iglesias locales.

Ratzinger respondió a título personal al siguiente año. Es debido a tales respuestas que se ganó la reputación de rígido ejecutor doctrinal, pero esta caricatura es injusta. Benedicto ha sido siempre un poeta de la Iglesia, un hombre en cuyos escritos el Romanticismo alemán florece en la ortodoxia. Esto lo vemos aquí en su defensa de la unidad cristiana. Describe a la Iglesia como “una historia de amor entre Dios y la humanidad” que tiende hacia la unidad. Escucha el Evangelio como si fuera una especie de novena sinfonía teológica, en la que toda la humanidad es sumergida, todos juntos como uno sólo:

La idea básica de la historia sagrada es aquella de reunirse todos juntos, de unir a los seres humanos en el cuerpo único de Cristo, la unión de los seres humanos, y a través de éstos, de toda creación con Dios. Sólo existe una novia, sólo un cuerpo de Cristo, no muchas novias, no muchos cuerpos.

La Iglesia no es “simplemente una estructura que pueda ser modificada o demolida a voluntad, lo cual no tendría nada que ver con la realidad de la fe como tal”. Tal “forma de corporeidad pertenece a Iglesia misma”. Esta forma, este cuerpo, debe ser amado y respetado, no puesto en una gaveta.

Aquí comenzamos a ver cómo la cuestión de universalidad de la Iglesia afecta cuestiones sin relación aparente, tales como la comunión, y el divorcio y segundas nupcias. Ratzinger hizo mención de 1ª de Corintios, en donde Pablo describe la unidad de la iglesia en términos de dos sacramentos – comunión y matrimonio. Así como dos se hacen una sola carne en el matrimonio, así también en la Eucaristía los muchos se hacen un solo cuerpo. “Porque el pan es uno, somos muchos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan” (1Cor 10, 17).

La conexión que hace Pablo entre el matrimonio, la Eucaristía, y la unidad de la Iglesia debería servir como advertencia para quien quiera modificar alguno de los tres. Si el cuerpo único de la Iglesia universal puede dividirse, la “una sola carne” de una pareja de esposos también. Y la comunión – signo de la unidad de creencia y de práctica – puede volcarse hacia la desunión, con personas que no comparten las mismas creencias conviviendo juntas como habían pensado.

La réplica de Kasper llegó en la forma de un ensayo publicado en inglés por la revista America. Es la temprana y más sucinta expresión de en lo que se convertiría la agenda del papa Francisco. Comienza con una distinción clave: “Llegué a esta postura, no a partir de un razonamiento abstracto, sino a partir de una experiencia pastoral”. Kasper desacredita entonces el “firme rechazo a la Comunión para todos los divorciados y vueltos a casar, así como las reglas altamente restrictivas, para la hospitalidad eucarística”. Aquí lo tenemos – todas las controversias de la era de Francisco, más de una década antes de su elección. (Debería señalarse que los sobre exaltados términos como firme y altamente restrictivo, por los que Kasper ha sido criticado algunas veces, fueron introducidas por un traductor entusiasta y no tienen equivalente en el texto alemán). Buscando en los antecedentes de esta disputa, como en las disputas de muchos católicos, se trata del problema de la liturgia. Ratzinger ya era conocido como un abogado de la “reforma de la reforma” – un programa que evita la ruptura litúrgica, al mismo tiempo que conduce lentamente la liturgia de vuelta a la continuidad con su forma histórica. Kasper, en contraste, utiliza la ruptura que siguió al Vaticano II para justificar futuros cambios en la vida Católica: “Nuestra gente está bien enterada de la flexibilidad de las leyes y regulaciones; tienen una gran experiencia lidiando con ella durante las décadas pasadas. Vivieron a través de cambios que ninguno anticipó o ni siquiera creyeron posibles”. Evelyn Waugh describe cómo los católicos en la época del Concilio sufrieron “una revolución superficial en lo que entonces parecía permanente”. Kasper abraza esa revolución superficial, esperando que ésta justifique otra, aún más profunda.

Kasper lamenta que Ratzinger no vea las cosas de esta manera: “Lamentablemente, el Cardenal Ratzinger ha enfocado el problema de la relación entre la Iglesia universal y las iglesias locales desde un punto de vista puramente abstracto y teórico, sin tomar en cuenta experiencias y situaciones pastorales concretas”. Ratzinger ha fallado en consultar lo que Kasper llama “los datos” de la experiencia: “Para la historia, por lo tanto, debemos voltear hacia una teología sana”, donde encontraremos muchos ejemplos de una encomiable “diversidad”.

A pesar de que el lenguaje de Kasper está colmado de clichés (“datos”, “diversidad”, “experiencia”), tiene un enfoque retórico genuino. Quiere creer que puede haber paz, paz, mediante esto no hay paz entre la Iglesia y el mundo. Mientras que sólo podemos ser movidos por visiones de unidad, podríamos ser seducidos por promesas de comodidad. El contraste entre dos hombres es por lo tanto retórico así como doctrinal: Ratzinger inspira; Kasper alivia.

El editor de America invitó a Ratzinger a responder, y éste aceptó a regañadientes. Su respuesta hace notar que el bautismo es un suceso verdaderamente trinitario; somos bautizados no simplemente en sino plenamente en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo. No nos hicimos miembros de una de las diferentes asociaciones cristianas locales, sino que estamos unidos con Dios. Por esta razón, “Cualquiera que haya sido bautizado en la Iglesia en Berlín, se encuentra siempre en casa en la Iglesia en Roma o en Nueva York, o en Kinshasa o en Bangalore, o donde sea, como si él o ella hubieran sido bautizados ahí. No necesitan documentar una forma de cambio de dirección; es una única y misma Iglesia”.

Kasper cerró el debate en el 2001 con una carta dirigida al editor en la que alegó que “no puede estar totalmente equivocado… preguntar sobre acciones concretas, no en la política, sino en vida pastoral”. Ahí pareció terminar la controversia. Ratzinger se convirtió en Papa y la propuesta de Kasper fue olvidada.

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Doce años más tarde, un recién electo papa Francisco dio nueva vida a la propuesta de Kasper. En el Angelus que dirigió por primera vez, Francisco destacó a Kasper para elogiarlo, presentándolo nuevamente a la Iglesia universal como “un buen teólogo, un teólogo talentoso” cuyo último libro había hecho “tanto bien” al nuevo papa. Sabemos ahora que Francisco había estado leyendo a Kasper de manera muy cercana durante muchos años.

No obstante que generalmente es retratado como espontáneo y no ideológico, Francisco ha hecho avanzar de manera creciente la agenda que trazó Kasper una década atrás. De cara a este reto, Benedicto ha mantenido un casi perfecto silencio. Difícilmente hay alguna necesidad de añadir algo a las palabras con las que rechazó estruendosamente el programa de Kasper y Francisco. Y la incomodidad permanece todavía. Ningún papa que se recuerde se ha opuesto directamente a su predecesor – quien, en esta instancia, sucede que vive justo arriba de la colina. Es por esto que los partidarios de la agenda de Francisco se ponen nerviosos cada vez que habla Benedicto, tal como hizo recientemente al elogiar al Cardenal Sarah. ¿Estuvieron los dos hombres en un genuino acuerdo?, los partidarios de Francisco no habrían de temer al sabio, amable caballero que ronda por los Jardines del Vaticano.

Y así, los dos papas, el activo y el emérito, uno hablando y el otro en silencio, permanecen en desacuerdo. Al final, no importa quién llegue al último o quién hable más; lo que importa es quién de ellos piensa con la mentalidad de una Iglesia que ha visto ir y venir innumerables herejías. Cuando las embelesadas palabras de Benedicto son comparadas con las trivialidades de su sucesor, es difícil no notar la diferencia: Un papa se hace eco de los Apóstoles, y el otro imita sin sentido a Walter Kasper. Y ya que ésta diferencia en el discurso refleja una diferencia en las creencias, se puede hacer una predicción. Sin importar quién muera primero, Benedicto sobrevivirá a Francisco.

 

Matthew Schmitz es editor literario de First Things.

 

[Traducción de Dominus Est. Artículo original]

*permitida su reproducción mencionando a DominusEstBlog.wordpress.com

 

Portada: Spaziani

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