El Problema con el ‘NO-JUZGUEMENTALISMO’

POR REGIS NICOLL. 15 de Junio de 2017

No tomó sino unas pocas décadas para que la ley escrita en el corazón humano, grabada en piedra, y honrada por milenios fuera profundamente olvidada en la conciencia colectiva. Hoy, en vez de los Diez Mandamientos, sólo hay uno: “No Juzgarás”.

Extrañamente, en una época en que el concepto de “pecado” también ha perdido su interés, una persona motivada para hacer un juicio habrá de convertirse en un paria social hasta que su “culpa” sea purgada mediante la penitencia de una disculpa pública, entrenamiento en diversidad/sensibilidad, y reparación para el ofendido. Incluso entre cristianos, juzgar el comportamiento y estilo de vida de otros es considerado como impropio en el mejor de los casos, y como anticristiano en el peor.

Ahí tienen a la cantante Carrie Underwood. Cuando salió en apoyo del “matrimonio” del mismo sexo en 2012, le dio el crédito a su fe por su posición afirmando, “Sobre todo, Dios quiere que amemos a los otros”, y agregó “No me toca a mí juzgar a nadie”.

Un año más tarde cuando el Papa Francisco aterrizó una pregunta sobre la subcultura gay en el clero, su ahora famosa respuesta, sacada de su contexto, fue tomada por gente simpática de fe y progresismo social como un Imprimatur sobre el ‘No-Juzguementalismo’.

A pesar de su siempre muy humilde pátina, el No-Juzguementalismo tiene problemas profundamente lógicos, prácticos, morales y teológicos.

Primero, si “no me toca a mí juzgar”, esto aplica para lo equivocado de las acciones así como para lo correcto de éstas. Por lo que en cada sentido en que juzgamos es un juicio de facto sobre el punto de vista contrario. Por ejemplo, cuando Carrie Underwood avaló el “matrimonio” del mismo sexo, se trató de su juicio moral sobre la estrategia social y quienes la apoyaban, así como una insinuación moral, si no es que un juicio, sobre las críticas y los críticos.

Segundo, el No-Juzguementalismo se auto acusa. Si el hacer juicios está equivocado, también lo está el juicio en contra de hacer juicios.

Tercero, la fidelidad al No-Juzguementalismo requiere una neutralidad moral sobre todos los temas – algo imposible incluso para el atrincherado No-Juzguementalista. Independientemente de sus sentimientos religiosos, habrá de considerar como malas cosas como el engaño, violación y explotación; y como buenas cosas como la honestidad, justicia y caridad.

Cuarto, la persona que se refrena de juzgar la verdad de la mentira, y el bien del mal, se encontrará rápidamente sí mismo como una víctima de aquellos adeptos a desfilar el uno por el otro.

Por último y el más importante para los cristianos, la ética del “quien soy yo para juzgar” no tiene fundamento bíblico. Sino todo lo contrario.

En su carta a los Colosenses [Col 2, 8. Mirad que nadie os engañe con filosofías falaces y vanas, fundadas en tradiciones humanas, en los elementos del mundo y no en Cristo], San Pablo quiso que sus lectores hicieran una distinción moral entre las tradiciones de los hombres y las enseñanzas de Jesús de manera que no fueran engañados “con filosofías falaces y vanas”. Así mismo, la instrucción de Jesús en el Evangelio de San Mateo (Mt. 7, 15-20)[1] sobre la inspección de los “frutos”, fue para ayudar a sus discípulos a no caer con falsos maestros y en su sofistería.

Muy a menudo, los cristianos socialmente agradables se enfocan en lo que Jesús dice unos versículos antes: “No juzguéis y no seréis juzgados”. Aislado del resto del capítulo, y emparejado con la segunda parte del Gran Mandamiento: El segundo es éste: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Mayor que éstos no hay mandamiento alguno (Mc. 12, 31). Llegando a este razonamiento:

Dado que yo me ofendería si mi prójimo señalara mis faltas morales, yo no señalaré las suyas. De ese modo amo a mi prójimo como a mí mismo y nos libero a ambos de cualquier momento incómodo.

Un ganar-ganar con un innegable atractivo, pero en conflicto directo con instrucción de Jesús, “si tu hermano peca, corrígele” (Lc. 17, 3)

Contra “quien soy yo para juzgar” la moralidad, Jesús espera que su pueblo haga juicios morales, confrontando a otros e invocando la disciplina cuando sea necesario. De hecho, Pablo tuvo palabras duras[2] para una congregación que fracasó en hacer justo eso.

La ocasión fue una instancia de inmoralidad sexual que no tuvo dirección al interior de la Iglesia de Corinto. Reprimiendo a la asamblea por su complacencia moral, Pablo ordenó la expulsión del acusado “de manera que su naturaleza pecadora sea destruida y su espíritu salvado en el día del Señor”. En el mismo espíritu, Pablo dijo a los creyentes Gálatas, Hermanos, “si alguno fuere hallado en falta, vosotros, los espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre”. (Gal. 6, 1)

De acuerdo con Jesús y con la Iglesia primitiva, el juicio y la disciplina eran deberes que la Iglesia ejercía por la salud del Cuerpo y por la restauración y bien espiritual de sus miembros.

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“Cristo limpiando el Templo”, pintado por Bernardino Mei en 1965

 

El “quien soy yo para juzgar” seguirá oponiéndose, en referencia a la farisea operación encubierta[3] que expulsó a los adúlteros. A pesar del encuentro casi llevado a su lapidación, ni la moralidad de su acción ni la autoridad moral para juzgar fue un problema. La mujer había pecado, simple y llanamente, un hecho conocido por Jesús en su instrucción final, “deja tu vida de pecado”.

¿Ha hecho lo mismo el equipo de ‘Operaciones Especiales Religioso’ lo mismo?, esta figura bíblica puede no haber sido grabada nunca. En cambio, la condenaron a muerte, y Jesús puso en duda su permiso para hacerlo.

Cualquiera puede juzgar la moralidad de un acto, conociendo solamente el estándar aplicable. Sin embargo la condena requiere no sólo el conocimiento del estándar y de la transgresión, sino qué había en la mente del transgresor (qué sabían ellos sobre el estándar) y en su corazón (cuál era su intención), lugares a los que nadie tiene acceso más que Dios.

Hoy en día, una estratagema común es silenciar las protestas de cristianos contra la homosexualidad, para señalar en el terreno el pecado heterosexual, citando Mateo 7, 3: “¿Cómo ves la paja en el ojo de tu hermano y no ves la viga en el tuyo?”.

A pesar de la prosa irritante del popular texto prueba, ni éste ni la condición moral en la Iglesia, no tiene ninguna relación sobre la moralidad del homosexualismo y las novedosas instituciones que ésta promueve. Lo que es más, Jesús nunca dijo que un pecador no debería juzgar las actos de otro. En cambio, en el contexto del Capítulo 7[4] de San Mateo, Jesús enseña que debemos estar atentos a las “pajas” en nuestros ojos de manera que podamos discernir correctamente las pajas en los ojos de los demás.

Las personas que se niegan a hacerlo – particularmente, ¿quién soy yo para juzgar a cristianos? – tienen mucho por responder por las patologías morales de la Iglesia a la que están prontos a, mmm, juzgar.

Son como el doctor del pueblo cuyos pacientes están muriendo porque no quiere trastornarlos con información acerca de las condiciones que amenazan su vida. O como la madre de nuestro mejor amigo, cuyo angelito se ha convertido en un tirano sobre el temor de mamá de que colocar un “No” en los delicados oídos de su prodigio en ciernes, dañaría el sentido de excepcionalidad que ella ha trabajado tan duramente para nutrirlo.

El amor busca el bien supremo para los otros. Por encima de todo, el amor desea que los demás se conviertan en personas que fueron creadas para ser: hijos de Dios, siendo transformados en la imagen del Hijo, y disfrutando un compañerismo inquebrantable con el Hijo y el Padre a través de la presencia del Espíritu Santo.

El amor significa que Yo soy quien cuida de mi hermano, con el deber de observar, cuestionar, desafiar y, sí, juzgar sus actos – no de condenarlos, sino guiar, instruir y animar hacia la vida abundante. Hacerlo de otra manera, no es amor sino indiferencia y cobardía.

Carrie Underwood tenía razón. “Sobre todo, Dios quiere que amemos a los otros”. Sin embargo, amamos a los otros, no por no tener que decir nunca que están pecando; sino ayudándolos con las “pajas” en su ojo y permitiéndoles que nos ayuden con las nuestras.

 

[Traducción de Dominus Est. Artículo original]

[1] Mt. 7, 15-20. Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestiduras de ovejas, mas por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Por ventura se cogen racimos de los espinos o higos de los abrojos?  Todo árbol bueno da buenos frutos, y todo árbol malo da frutos malos. No puede árbol bueno dar malos frutos, ni árbol malo frutos buenos. El árbol Que no da buenos frutos es cortado y arrojado al fuego. Por los frutos, pues, los conoceréis.

[2] 1 Cor 5, 1-6. Es ya público que entre vosotros reina la fornicación, y tal fornicación, cual ni entre los gentiles, pues se da el caso de tener uno la mujer de su padre. Y vosotros, tan hinchados, ¿no habéis hecho luto para que desapareciera de entre vosotros quien tal hizo? Pues yo, ausente en cuerpo, pero presente en espíritu, he juzgado ya cual si estuviera presente al que eso ha hecho. Congregados en nombre de nuestro Señor Jesús vosotros y mi espíritu, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, entrego a ese tal a Satanás, para ruina de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús. No está bien vuestra jactancia. ¿No sabéis que un poco de levadura hace fermentar toda la masa?

[3] Jn. 8, 1-11. Se fue Jesús al monte de los Olivos;” pero, de mañana, otra vez volvió al templo, y todo el pueblo venía a Él, y, sentado, les enseñaba. Los escribas y fariseos trajeron a una mujer tomada en adulterio y, poniéndola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante delito de adulterio. En la Ley nos ordena Moisés apedrear a éstas; tú ¿qué dices?” Esto lo decían tentándole, para tener de qué acusarle. Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en la tierra. Como ellos insistieron en preguntarle, se incorporó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado, arrójele la piedra el primero. E inclinándose de nuevo, escribía en tierra. Ellos que le oyeron fueron saliéndose uno a uno, comenzando por los más ancianos, y quedó El solo, y la mujer en medio. Incorporándose Jesús, le dijo: Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado? Dijo ella: Nadie, Señor. Jesús dijo: Ni yo te condeno tampoco; vete y no peques más.”

[4] Mt 7, 3-5. ¿Cómo ves la paja en el ojo de tu hermano y no ves la viga en el tuyo? ¿O cómo osas decir a tu hermano: Deja que te quite la paja del ojo, teniendo tú una viga en el tuyo? Hipócrita, quita primero la viga de tu ojo y entonces verás de quitar la paja del ojo de tu hermano.

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