CORPUS CHRISTI. El Cuerpo y la Sangre de Cristo

Por María de Guadalupe González Pacheco. BOLETÍN GUADALUPANO

La solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo se celebra el jueves siguiente a la solemnidad de la Santísima Trinidad, es decir, sesenta días después de la Pascua. Esta celebración se hace en conmemoración de la Presencia real de Jesucristo en el sacramento de la Eucaristía, es decir, para honrarlo cuando está oculto bajo las especies (es decir, bajo las apariencias) del pan y del vino, que, a partir de la consagración, durante el sacrificio eucarístico, dejan totalmente de serlo para dar lugar a Jesucristo mismo, con su cuerpo, alma, sangre y divinidad.

 

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Esta fiesta data del siglo XIII. Ya para entonces, había un gran deseo en los fieles de contemplar la Sagrada Hostia, en el momento de la elevación después de la consagración. Para favorecerlo, se determinó el exponer la Sagrada Hostia en la custodia y llevarla en solemne procesión por las calles. Hubo otros dos motivos de peso que contribuyeron al establecimiento de esta fiesta. En primer lugar, el milagro eucarístico ocurrido en Bolsena, en 1263. Éste consistió en que un sacerdote, Pierre de Prague, proveniente de Bohemia, había hecho una peregrinación para pedir luz ante las graves dudas espirituales que tenía en relación a la presencia de Cristo en la Eucaristía y, al celebrar una Misa, durante la consagración, la Sagrada Hostia tomó un color rojo y derramó algunas gotas de sangre sobre el corporal y sobre el piso. El Papa Urbano IV, en persona, fue a constatar lo que había ocurrido y se quedó notablemente impresionado. El segundo motivo que influyó en su decisión de establecer esta fiesta fue el gran impulso que le dieron a esta iniciativa Santa Juliana de Cornillon y Eva de Lieja, basándose en revelaciones místicas que tuvo la primera. El Papa Urbano IV, que había sido confesor de Santa Juliana, promulgó la bula Transiturus de hoc mundo, el 8 de septiembre de 1264 para instituir esta fiesta. Y le confió la redacción de los textos litúrgicos que se utilizarían en ella a santo Tomás de Aquino. No podía haber hecho mejor elección, puesto que Santo Tomás se distinguió sobremanera por su devoción y amor hacia la Santísima Eucaristía. Es notable que, cuando la celebraba, no dejaba de derramar abundantes lágrimas al reconocer el infinito prodigio que sucedía en esos momentos. Y Cristo mismo le llegó a decir que había hablado bien sobre el inenarrable Misterio eucarístico.

 

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En México, esta solemnidad es una fiesta de guardar —es una de las cuatro fiestas de precepto—, es decir, es un día que nos es dado para la oración y el descanso “en él exultamos y nos gozamos” (Pseudo-Eusebio de Alejandría, Sermo de die Dominica. Por lo mismo hay obligación de participar en la Misa (cf CIC can. 1247) y no hacerlo es ocasión de pecado grave. Por otra parte implica abstenerse de entregarse a trabajos o actividades que impidan el culto debido a Dios, al igual que el domingo (cf CIC can. 1247).

 

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San Pedro Julián Eymard, un santo que dedicó su vida entera al culto de Jesús en la Eucaristía, expresó en su Directorio para la adoración: “Aunque oculto y anonadado bajo los velos eucarísticos, no por eso deja de ser nuestro Salvador el soberano monarca del universo, principio y fin de la tierra y de los astros todos. Cuanto más se humilla por amor nuestro, tanto más digno es nuestro Rey de que le erijamos tronos magníficos y promovamos su reinado social sobre todo el mundo. Jesús sacramentado es un conquistador que quiere someter a su dulce imperio el universo entero”. La realización de este deseo por medio de la exposición solemne del santísimo Sacramento y por el culto de la adoración fue lo que más le preocupó. Él añade, en el mismo documento: “Hoy en día la exposición solemne de Jesús sacramentado es la gracia y la necesidad de nuestra época… ¿Qué hacer? Volver al manantial de la vida, a Jesús; pero no sólo a Jesús de paso por Judea, o a Jesús glorificado en el cielo, sino sobre todo a Jesús presente en la Eucaristía. Hay que hacerlo salir de su retiro para que se ponga de nuevo a la cabeza de la sociedad cristiana que ha de dirigir y salvar. Hay que construirle un palacio, un trono, rodearlo de una corte de fieles servidores, de una familia de amigos, de un pueblo de adoradores […] A la vista de tales excesos de bondad del Salvador para con los hombres, y especialmente para con vosotros, que le poseéis, que gozáis de su presencia y en Él y por Él vivís, haced que de vuestro corazón salga la acción de gracias como sale la llama de un horno, que rodee el trono eucarístico y se junte, se una y se confunda con la llama resplandeciente y devoradora que brota del corazón de Jesús, como de foco de inextinguible caridad. Elévense estas dos llamas al cielo hasta el solio de Dios Padre por habernos dado a su Hijo y en Él y por Él, la santísima Trinidad”.

 

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Cuando estemos ante la Santísima Presencia de Jesús en la Eucaristía, no dejemos de pensar que estamos ante la Presencia del Ser infinito, perfecto y lleno de amor, de quien habla el Apocalipsis, y unámonos a la adoración celestial, en un preludio de lo que será nuestra vida de eterna adoración en el Cielo. Unámonos a los veinticuatro ancianos que, deponiendo las coronas de sus sienes, las rinden a los pies del Cordero. Y después, puestos al pie del trono eucarístico, ofrezcamos nuestra persona, nuestras facultades y todas nuestras obras, diciéndole: “A Ti solo, el honor y la gloria”. “¡Al que está sentado en el trono y al Cordero, bendición y honra, gloria y potestad por los siglos de los siglos!” (Ap 5, 13).

María de Guadalupe González Pacheco.

 

 

En Latín:
Tantum ergo Sacraméntum,
Venerémur cérnui:
Et antíquum documentum
Novo cedat rítui;
Præstet fides suppleméntum
Sénsuum deféctui.
Genitori Genitóque,
Laus et iubilátio;
Salus, honor, virtus quoque,
Sit et benedíctio;
Procedénti ab utróque
Compar sit laudátio.
Amen.
En Español:
Veneremos, pues, inclinados
tan grande Sacramento;
y la antigua figura ceda el puesto
al nuevo rito;
la fe supla
la incapacidad de los sentidos.
Al Padre y al Hijo
sean dadas alabanza y júbilo,
salud, honor, poder y bendición;
una gloria igual sea dada
al que del uno y del otro procede.
Amén.

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